La literatura como estimulante de nuestro sexto sentido (el tiempo).
Con la vista clavada a través de la ventana en los brotes quietos de un árbol de septiembre, pensaba que algo andaba mal. Frenar es peligroso. La nada es despreciable, cuasi perversa; o por lo menos así se la pondera malamente hoy en día. No se puede parar, porque en ese caso se revelan percepciones, emergen los recuerdos, las valoraciones del accionar, y un sinfín de misterios del baúl. Al cabo de un rato se puede sentir ese concepto inefable sobre el cual tantos especularon: el tiempo. “¿Y dónde radica?”, la pregunta de respuesta incomprobable.
Un tal Sigmund, para facilitar el análisis lo podemos nombrar como Cacho, dividió la mente en tres estancos separados. El primero, al cual llamó Consciente, capta las percepciones del entorno y las decodifica para construir una “realidad” (últimamente bastante pobre y ficcional). Por ejemplo, el oído escucha tal sonido, lo transforma en una palabra, y lo vincula a un objeto. Así los sentidos construyen, con la paciencia del beduino en el desierto, una idea de cierta lógica.
Este Cacho teutón detectó un segundo nivel de la mente donde colocó los recuerdos o pensamientos no activos. Es un mero filtro entre el primer y tercer nivel.
Y como broche de oro, Cachito descubrió un tercer nivel. Él le puso “Inconsciente”, pero a mí no me gusta ese nombre. Estéticamente es deplorable. Yo, de forma inexcusable, lo voy a llamar “Tiempo”. Es el cofre de definiciones vagas atestado de impulsos, recuerdos reprimidos, y demás tesoros. Esa mixtura de indefiniciones son la percepción del tiempo, y esto conforma el sexto sentido. El tiempo es uno de nuestros sentidos, que se suma a los otros cinco. Radica en este páramo de la mente.
Una vez alcanzada esta cumbre de delirio fantástico, viene la pregunta: ¿Y la literatura en qué se relaciona?
A diferencia de la rigidez de las imágenes, la literatura activa simultáneamente las tres regiones anteriores (incluyendo el sentido del tiempo). Cuando Arlt describe a un personaje con “cabeza de jabalí” cada uno construye una imagen distinta en su mente en la primera región de Cacho, y la guarda para cuando la necesite en el segundo nivel. Sin embargo, Arlt (o Dante o Cervantes) trasladan sus percepciones a través de los siglos. Se produce un puente entre imaginaciones de diferentes eras y sociedades. Y este efecto se da únicamente a través de los libros o del arte.
Esta amplitud de percepción temporal que da la literatura permite una mejor lectura de la cotidianidad y surcar nuestras vidas con una pizca extra de facilidad.
La comprobación empírica es dificultosa. Sin embargo, ¿quién no siente que al leer un libro se detiene el tiempo, que al terminar la lectura hay una calma que antes no existía, o que en ciertas ocasiones nuestra visión del mundo cambió?
Quizás esto sea sólo una fábula nacida de contemplar unas ramas intrascendentes. O el disparador para pedir unas disculpas sinceras. Es probable.
Un tal Sigmund, para facilitar el análisis lo podemos nombrar como Cacho, dividió la mente en tres estancos separados. El primero, al cual llamó Consciente, capta las percepciones del entorno y las decodifica para construir una “realidad” (últimamente bastante pobre y ficcional). Por ejemplo, el oído escucha tal sonido, lo transforma en una palabra, y lo vincula a un objeto. Así los sentidos construyen, con la paciencia del beduino en el desierto, una idea de cierta lógica.
Este Cacho teutón detectó un segundo nivel de la mente donde colocó los recuerdos o pensamientos no activos. Es un mero filtro entre el primer y tercer nivel.
Y como broche de oro, Cachito descubrió un tercer nivel. Él le puso “Inconsciente”, pero a mí no me gusta ese nombre. Estéticamente es deplorable. Yo, de forma inexcusable, lo voy a llamar “Tiempo”. Es el cofre de definiciones vagas atestado de impulsos, recuerdos reprimidos, y demás tesoros. Esa mixtura de indefiniciones son la percepción del tiempo, y esto conforma el sexto sentido. El tiempo es uno de nuestros sentidos, que se suma a los otros cinco. Radica en este páramo de la mente.
Una vez alcanzada esta cumbre de delirio fantástico, viene la pregunta: ¿Y la literatura en qué se relaciona?
A diferencia de la rigidez de las imágenes, la literatura activa simultáneamente las tres regiones anteriores (incluyendo el sentido del tiempo). Cuando Arlt describe a un personaje con “cabeza de jabalí” cada uno construye una imagen distinta en su mente en la primera región de Cacho, y la guarda para cuando la necesite en el segundo nivel. Sin embargo, Arlt (o Dante o Cervantes) trasladan sus percepciones a través de los siglos. Se produce un puente entre imaginaciones de diferentes eras y sociedades. Y este efecto se da únicamente a través de los libros o del arte.
Esta amplitud de percepción temporal que da la literatura permite una mejor lectura de la cotidianidad y surcar nuestras vidas con una pizca extra de facilidad.
La comprobación empírica es dificultosa. Sin embargo, ¿quién no siente que al leer un libro se detiene el tiempo, que al terminar la lectura hay una calma que antes no existía, o que en ciertas ocasiones nuestra visión del mundo cambió?
Quizás esto sea sólo una fábula nacida de contemplar unas ramas intrascendentes. O el disparador para pedir unas disculpas sinceras. Es probable.
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