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Sobreviviendo a Houdini

Por Fernanda Doglia

20/08/2026

Imagen de Sobreviviendo a Houdini
Deseé tanto la felicidad que el universo me envió a Houdini: una mañana apareció en mi cartera, la de uso diario; detrás de papeles, pañuelos descartables y una birome a punto de reventar. En aquella ocasión, en forma de perfume en frasco; un aroma exquisito, surreal, como si mil dragones masticaran canteros repletos de rosas perladas por rocío y exhalaran su aliento, justo en mis oídos… así fue el primer encuentro con Houdini; debo admitir que no esperaba tanto de la vida.
No entré en contacto con él en un primer momento, pero luego de un tiempo de verlo aparecer y desaparecer en el fondo del bolso, me atreví, destapé el frasco y contuve la exuberante fragancia unos segundos en mi interior… Antes de eso todo parecía normal, pero después los contornos de las cosas comenzaron a moverse; nada sería lo mismo a partir de allí. Aquello que me parecía derecho ahora estaba ligeramente torcido; las patas de las mesas que siempre percibí de una rigidez extrema, ahora eran cóncavas o convexas o flotantes o líquidas, según él las revelara.
Se preguntarán ustedes: "¿Quién es Houdini?", pero la pregunta está mal formulada: cuando uno está frente a Houdini —y no nos engañemos, aunque parezca único, hay muchos como él—, la pregunta es: "¿QUÉ NO ES Houdini?... Houdini lo es todo. ¡Houdini es un genio! Uno de esos seres que te modifica la vida, para siempre.
Ahora bien, como para ordenarnos, todos sabemos que la tarea de los genios es la de concretar los deseos en la realidad; usted podrá pensar que es maravilloso encontrar un Houdini en su cartera, como quien encuentra la llave de los secretos del universo en un rincón de zaguán, pero debo adelantarles que no es tan sencilla la relación con un genio. Mientras Houdini cumplía todos y cada uno de mis deseos, mi percepción del mundo empezó a cambiar; como bien les dije, aquello que pareció de un color de repente alumbraba otro, aquello firme se hizo blando, inestable.
Por mi parte, cuanto más conocía a Houdini, más me impresionaba. Finalmente, qué cruel la vida de un ser tan solo hecho para cumplir deseos de otros… Me preguntaba: ¿Y Houdini qué querrá?
Después de una extensa temporada en la cartera, decidimos mudarnos juntos. Ahí la cosa se empezó a poner más seria. Una inocente botella de agua mineral fue el adecuado contenedor de los primeros tiempos. Esa es otra contra de los genios: no pueden abandonar los contenedores, tienen que circunscribirse a ellos como un caracol a su caparazón, pero mientras los caracoles son babosas en casa rodante, un genio es otra cosa, es como un humo que, si abandona el envase, se pierde… una esencia invisible, un vapor de pensamiento nonato.
Desde la botella, que al principio coloqué sobre la mesita de luz, Houdini destellaba su sabiduría indecible; indecible era el grado de sabiduría, pero él, él no era indecible: hablaba, hablaba, ¡hablaba!; a veces en la madrugada la habitación se cubría de vocales que, como moscas, me acechaban el sueño. Entonces venía el insomnio; no podía concentrarme para dormir. Una noche en la penumbra, Houdini me increpó: “¡Dormite de una vez!”. Si pensás, hacés ruido; el ruido hace vibrar los contornos de plástico blando de la botella y yo no puedo descansar…”.
La reprimenda me pareció válida; yo desconocía que los pensamientos son ondas que se trasladan a través del aire y modifican la materia… Houdini lo sabía como sabía todo; cada estrella, cada astilla estaba contabilizada por él. En ese caso también dejé de pensar, total… ¿Para qué?
El inconveniente es que dejar de pensar es aliviador durante un tiempo; eso de no forzar la cafetera mental en busca de una conclusión exprés me pareció alucinante al principio. Después se me fue manchando el filtro, mi cabeza perdió temperatura; Houdini era un bálsamo, una infusión aguada que entibiaba mi vida. Volviendo a lo del inconveniente, es bastante inconveniente dejar de pensar porque una deja de saber qué es lo que quiere. En eso me ayudaba bastante; cuando no me salían las palabras, cuando los pensamientos adheridos al fondo viscoso de la confusión no lograban salir, él los ordenaba: tomaba un pensamiento, lo limpiaba, lo hacía brillar, me mostraba con orgullo de perro de caza esa idea que de tanto darle vuelta ahora se había dejado atrapar. Gracias, querido, le decía, ¿qué haría sin vos…?
Meses más tarde, Houdini prefirió trasladarse a la cocina; me dijo que en la habitación hacía mucho calor, después quiso mudarse al interior de la heladera, de modo que eligió un estante de la puerta, el más importante, y se instaló allí. Desde ese momento pareció más frío; yo le preguntaba: “—Houdini, ¿estás bien? “Pareces frío y estante, digo distante…”, pero él me respondía que nada malo ocurría, que seguramente eran ideas mías que estaban desarticuladas; me recordaba entonces que primero, antes de pensar, tenía que preguntarle a él, que sabía más… Así lo hice.
En todo consultaba a Houdini, dado que materializaba mis deseos; era imprescindible, a los fines de no desperdiciar mi suerte, pedir el deseo correcto, ¡bien formulado! Cuando osaba pedir algo en forma espontánea, casi siempre eso estaba mal. Houdini entonces tomaba el deseo, le realizaba los debidos ajustes artesanales, para moldearlo y que encastre en forma perfecta dentro de mi realidad… Caramba, ¿cuál realidad?
Bueno… sobrevino entonces una extraña época. Yo noté (por lo menos tuve esa sensación de la que no puedo estar del todo segura) que Houdini comenzó a cambiar en forma constante de envase: un día abría la heladera y era botella de gaseosa, otro día era frasco de kétchup, quizá más tarde dentro del mismo día también sobre de mayonesa. También sucedía que muchas veces abría la heladera, tomaba un envase, comenzaba a hablarle; a lo mejor le hablaba durante horas. Entonces una voz desde el interior de la heladera me avispaba que en realidad estaba hablando con un contenedor vacío. ¡Ese no era Houdini!... Aquello era un poco humillante, me hacía sentir como tonta. ¿Qué clase de errático ser humano confunde un sobre de queso rallado con un genio?, me preguntaba.
Con el tiempo, la duda se hizo mi mejor aliada; de su mano casi no cometía errores. Poco a poco me fui acostumbrando a esquivar la azarosa puerta de la falta de planificación, portal que nos lleva -casi siempre- a un irreductible laberinto donde todo buen mortal se arriesga a introducirse, para luego no encontrar jamás la puerta de retorno.
Era agotador, desgastante al principio, tanto cálculo; luego descubrí que no hacía falta tanta ecuación, si tan solo escuchaba el fiel consejo de mi genio que, cual calculadora científica, llenaba mi panorama de cifras embadurnadas de exactitudes. Dejé de salir, Houdini hacía las compras, dejé de trabajar porque ya no hacía falta, dejé de manejar el dinero… (Contarles de sus habilidades administrativas sería un acto absoluto de redundancia literaria).
Pero una mañana me levanté a desayunar y no supe qué; revolví la heladera en busca de Houdini, pero ya no pude encontrarle. Si la apatía no hubiera sido mi mejor aliada de aquellos tiempos, creo que habría muerto de un ataque de desesperación.
Volví a tomar contacto con mi “nueva vieja realidad”, pero nada era como antes de la llegada de Houdini; a veces revisaba desesperada mi bolso diez, veinte, cien veces al día, esperando que vuelva.
Comencé a palpar palabras como acalambradas en el fondo de mi mente; tuve de a poco que empezar a decidir cosas, algunas elementales como qué comer, pagar el gas, buscar trabajo, porque el dinero ya no flotaba en el aire. Y entonces, muy de a poco, con el pasar de las semanas, los colores cobraron nitidez: un azul era azul y un naranja también naranja. Los filos de las mesas se tornaron rígidos; si me golpeaba, dolía y sabía por qué. Ya no contaba con Houdini, pero algo en mí comenzaba a desentumecerse, como quien ha llevado una enorme carga invisible durante mucho tiempo y de repente se libra de ella. Al principio se siente raro, pero enseguida el cuerpo se estira aliviado, como los tallos de las plantas que buscan el sol.
El genio desapareció de mi vida, sin dejar rastros aparentes; todas las cosas que estaban cuando él llegó parecían seguir allí después de su partida. Una noche, mientras cocinaba, recordé la pregunta, esa que me formulaba en mis primeros tiempos junto a él… ¿Houdini qué querrá? ¿Qué deseara un genio?... Y entonces lo supe: Los genios quieren deseos porque los deseos son su combustible, de ellos se alimentan y, aunque todo lo que estaba sigue estando después de Houdini, una parte mía, la valentía de elegir, los ojos y mi forma de ver, las palabras y mi manera de decir; todo eso había sido otorgado, acaso prestado, indudablemente robado por alguien que nada me había ofrecido en realidad, pues ¿es posible desear algo sin todo eso? Y lo que ahora tenía, lo que comenzaba a disfrutar mientras cortaba la verdura sobre la tabla, es esta sensación ni líquida ni gaseosa, sino real. Este regalo que solo nosotros podemos otorgarnos, que es la libertad de Ser.