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Lagartija

Por Graciela Scarlatto

21/08/2026

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LAGARTIJA
1
El televisor decía que el paso a Vallecitos estaba cerrado por la nieve. La radio Nihuil, que no podían cruzar automóviles con provisiones y que los andinistas estarían aislados en los refugios. Se esperaba viento blanco en altura. Ambos coincidían en que la emergencia se prolongaría por veinte días.
El hermano mayor de Gonzalo estaba en el refugio de la universidad, diez kilómetros más adentro de la entrada a Vallecitos. Su mamá tendía ropa blanca en el patio mientras la televisión funcionaba en la cocina. Entró a buscar la escoba justo para oír que los escaladores se habían quedado sin alimentos. Su hijo más chico estaba en la escuela y José, el marido, en la fábrica. Ella se puso un tapado y corrió a la casa de la vecina a pedir el teléfono.
¿Qué podía ser tan importante para que ella lo llamara al trabajo?
–Están aislados, José. No tienen qué comer y viene viento blanco –dijo ella.
–Calma. Se llevaron atún y salchichas para un regimiento.
–Pero ¡José!
Él cortó con fastidio.
La madre se sentó en la cocina a llorar sin consuelo. Prendía la radio y apagaba la televisión para ver si el punto de vista cambiaba. Pero los chicos no eran tema del prime time del mediodía. Ella no hizo las compras ni la comida; se acostó y lloró y lloró pensando, con la radio a todo volumen.
José, en la fábrica, sacó el tema con un compañero.
–Mi mujer hace tragedia por todo.
–¿Usted no está preocupado?
–Todo depende de la presión –dijo José–. A menor presión, más nieve. Pero también hay que tener en cuenta la nubosidad; usted puede esquiar con sol y pendiente abajo hay una parva de nubes y nieva que da miedo. Mi mujer le cree a la TV como a la Virgen. Pero hay que analizar las cosas antes de llorar así.

–Hay que analizar si nieva en altura, mujer –dijo José más tarde–. Por ahí, hay sol enVallecitos.
–Qué analizar ni analizar. ¡Tenés que ir a traerlo!
La cocina estaba casi en penumbras. La luz de la alacena era la única encendida. No había nada para cenar. Ella puso cerveza, pan y un poco de fiambre. Mientras José comía, la madre de los chicos, de ida y de vuelta, desgastaba los dos metros de baldosa que había entre la heladera y el televisor.
Gonzalo, el más chico, había vuelto de la escuela a las seis de la tarde. Al escuchar las protestas de su madre, terminó por encerrarse a escuchar música. Salió cuando llegó su papá, a quién escuchaba con mucho respeto.
Una vez, hacía un par de años, José le había explicado a un pariente, topógrafo de profesión, la diferencia entre un teodolito, un nivel de manguera, uno de mano, uno fijo y uno automático. Se lo había oído a un vecino. El episodio ocurrió en la casa del pariente, durante una cena de cumpleaños y a la hora del postre.
"¿Querés un trago, José?", le decían para interrumpirlo.
No quería. Y dio una clase magistral, pero de oídas, a todos los presentes.
Esas ocasiones en que José desplegaba su saber no dejaban de ser memorables. Semejante despliegue de irónica atención inquietaba a Gonzalo. Pero admiraba tanto a su papá que, frente a su retórica, él se sentía como una lagartija. En la casa no había biblioteca. Los chicos leían revistas; pero en cuatro estantes del mueble más importante del comedor se apilaban, en primoroso orden, la colección de José de "El almanaque mundial" y la del "Reader Digest".
Gonzalo no sentía la menor preocupación por su hermano mayor. Era cierto que no había llevado la bolsa de "duvet" y se había quedado con la más rudimentaria. Siempre salía mal equipado a sus viajes, y el refugio de la universidad era inseguro si nevaba mucho. Pero, si le pasaba algo, Gonzalo podría manejar el Torino. No quería que su hermano muriera, sólo que no pudiera conducir por un tiempo. Por otro lado, él también creía que era muy justo lo que opinaba su padre al decir que mamá dramatizaba todo a niveles muy "histéricos". Y que lo hacía para llamar la atención.
–Ma –dijo Gonzalo, con el lenguaje de José– qué "narcisista"...
La cachetada voló y la madre se desplomó en la silla para prolongar su llanto. Gonzalo se quedó de una pieza, pero no se fue de la cocina. Quería escuchar lo que decía José.
–Basta. Es una simple cuestión meteorológica; que, si vamos al caso, no es una ciencia exacta. La televisión dramatiza. Viven de eso.
–No vas a ir. ¡Claro! Que se muera de frío. 
El resentimiento enrojecía las mejillas de la madre como una fragua. Al levantarse de la silla, José hizo una seña con el brazo que incluía toda la cocina y tomó una decisión.
–Traé las camperas de pluma de ganso, Gonzalo. Sacá las cadenas del garaje. Mañana le haremos caso a tu madre.

2
A las seis de la mañana, con nueve grados bajo cero, Gonzalo y José cargaron el auto con cadenas, abrigos, fideos, salchichas y frutas, y partieron rumbo a Vallecitos. El Torino todavía tenía torque para afrontar cualquier camino de montaña. Tomaron San Martín Sur hasta Panamericana y, desde allí, a Cacheuta. La conversación en el auto era animada. José conocía la causa de que los cerros de la precordillera fueran coloridos. El amarillo era una formación de limonitas y minerales sulfurados, el rojo se componía de argilitas y arcillas; el blanco, cuarzo. Se esforzaba. Quería que sus hijos lo admiraran. Y había muchas cosas que mostrarle y enseñarle a Gonzalo en ese paisaje agreste que, para el chico, sin desmerecer del todo la altura de los picos, era un cúmulo de cascotes desperdigados en una tierra desértica donde solo crecía la jarilla. Incluso el río Mendoza bajaba seco con un hilito de agua en invierno.
En Cacheuta la nieve ya era muy resbaladiza y hubo que poner las cadenas. El procedimiento lo explicó José con mucho cuidado. Él colocaría las cadenas a continuación de las cubiertas, en línea recta, y Gonzalo debería hacer avanzar el auto sobre ellas. Gonzalo no podía creer lo que escuchaba. Solo su hermano podía manejar el Torino del 68, que a esa altura ya no era nuevo, pero tenía pinta. Se subió, sacó el freno de mano, encendió el motor cuyo rugido puso su corazón al ritmo de una batucada y movió la palanca a primera. Corrió el auto quince centímetros.
"¡Más! ¡Más!", pedía José. Gonzalo apretó el acelerador muy despacio y movió el auto otros quince centímetros. "Bajate", dijo el padre. Entonces sacó una cadena y le indicó la forma correcta de ajustarla. Gonzalo lo ayudó a poner las demás.
Cacheuta sí le gustaba. Era un valle pequeñito con espejos de aguas termales entre cerros altísimos. Un puente de madera, muy precario sobre el precipicio, ayudaba a los turistas a cruzar al otro lado y acceder al valle. Pero pasaron de largo a veinticinco kilómetros por hora sobre la nieve y con las cadenas puestas. José explicaba los distintos tipos de nieve, porque hay una taxonomía que va desde la pelusa al hielo. La radio estaba rota, pero Gonzalo escuchaba "Credence" en su cabeza. Después algo de Billy Joel. Al mismo tiempo buscaba un tema de conversación que pudiera tomar desprevenido a José. 
–¿Sabías que el sistema solar tiene nueve planetas y el mas chiquito es Plutón? –dijo.
–No, hijo. Plutón es un satélite de Neptuno.
–No, pa. Esa teoría se descartó en el 70. Lo dijo la profe.
–Qué sabe la profe. No saben nada. Dan clases con lo que estudiaron hace veinte años. ¡Hay que leer para aprender!
–Yo nunca te vi con un libro...
José desvió los ojos de la ruta. Miró fijo a Gonzalo. Luego volvió la mirada al camino y se expresó, con mucho aplomo:
–Bueno, vamos a comprar uno y a averiguarlo.
Pero Gonzalo sabía que eso era imposible. Ningún libro superaría en saber a "El almanaque mundial". Por lo menos, en la imaginación de su papá.

3
A la altura de Potrerillos la nieve era casi intransitable. Iban a catorce kilómetros por hora y una de las cadenas se soltó. Se abrigaron más y bajaron para revisar. José tuvo que ajustarla. Gonzalo dijo:
–¿Sabías que la playa de Omaha fue la que tuvo más muertes en el desembarco del Día D?
–Sí. El responsable de esa invasión en Normandía fue el Comandante en Jefe "Ike" Eisenhower. La operación se llamó en secreto "Overlord". ¿Sabías? Tuvo enormes bajas; pero fue el principio del fin de la guerra.
Gonzalo volvió a "Credence".
Quince kilómetros más adelante se encontraron con el Destacamento de Vialidad. Una motoniveladora Galium del año 75 se preparaba para quitar la nieve con dos cuchillas enormes. Una decena de automóviles precedía a Gonzalo y a su papá y una caravana los seguía. La Galium salió con la velocidad de un perezoso y comenzó a abrir el camino. Parecía que después de todo iban a rescatar al hermano. El nivel de la nevada había sido tan enorme que a duras penas las cuchillas podían trabajar en la ruta de tierra. Entonces, como estrategia, la enorme cola de autos se adhirió a la Galium para que no pudiera dar la vuelta y regresar.
Fue un viaje duro para Gonzalo, que ya no tenía ganas de conversar.
En un recodo del camino doblaron a la izquierda. Fue un trayecto de tres horas. Al poco tiempo había salido el sol. El papá de Gonzalo dijo:
–¡Viste que no hay nieve en altura! Acá hubo sol todo el día. ¡Estoy seguro!
–¿Estará bien Néstor?
–Tu hermano hace espeleología. ¿Te lo imaginás asustado?
–Pero mamá le tiene miedo al viento blanco y no sabemos si resistió el refugio.
–Ya me las voy a ver con tu madre. Vas a ver.
Por las ventanas del Torino se veía un desierto blanco. Ni siquiera se apreciaba la vegetación, excepto uno que otro pincho negro que sobrepasaba el nivel de la nieve acumulada. Sin embargo, arriba reinaba el sol en un cielo azul Capri. José maldecía, pero Gonzalo sentía una felicidad intempestiva.
Detrás de la máquina, llegaron al refugio a las cinco de la tarde. A las seis sería de noche. El chofer de la Galium dijo que volvía al destacamento a las seis y media en punto, sin esperar a nadie.
Los caracoles de Vallecitos son asesinos. El camino es angosto y el radio de giro es muy agudo. Son nueve curvas al borde de un precipicio. Eso preocupaba a José. Mucho más si se consideraba que la Galium, un monstruo de varias toneladas, podía causar, en una mala maniobra, un gran accidente.
Pero ahora pensaba en su hijo mayor. La falta de una bolsa de dormir adecuada, como había dicho Gonzalo, era para preocuparse y no sabía si había llevado abrigo suficiente.
Al final la motoniveladora superó los caracoles con éxito –pero era de día– y llegó a destino con toda la caravana en buenas condiciones. Los automóviles se aproximaron al refugio y estacionaron. Gonzalo distinguió a su hermano, que tomaba sol en una roca y fumaba con sus amigos. Llevaba una gorra verde militar, un buzo y los mismos jeans marrones de siempre. De reojo, Gonzalo miró a José. Un rictus de violenta cólera le salivaba en las comisuras. Al acercarse, dijo:
–Tu madre piensa que estás congelado. ¡Nos vamos!
–No. Me vuelvo en el colectivo de la universidad, que viene mañana a buscarnos.
–Pajarón. Mirá el viaje que hicimos. No te doy una patada porque esto ha sido cosa de tu madre.
–Estamos bien, papá. En serio. Sentate a comer algo.
En una marmita de camping se cocían fideos y en una cacerola hervían varias salchichas. El clima era excelente porque el día había estado lleno de sol. José fue al auto y bajó las provisiones. Se sentó con Gonzalo a comer, al lado del hijo mayor y los otros chicos. Fue una cena larga en la que todos escucharon cómo la universidad había construido esos refugios, con qué presupuesto, quién era el rector y cuál el gobierno de turno. Entremezclada con esos datos estaba la prosapia del rector, la del político con pelos y señales y algunas anécdotas que fueron muy divertidas, pensaba Gonzalo, gracias al tono tan solemne de José.
Se hicieron las seis y media y la motoniveladora se dispuso a partir. Tocó muy fuerte la bocina. Maniobró despacio para tomar el camino e hizo unos veinte metros para que la cola de autos pudiera organizarse y seguirla.
José abrazó a su hijo mayor. Después, Gonzalo y su papá subieron al Torino y se acomodaron en el segundo lugar detrás de la Galium. Era una noche sin luna. Empezaba un fuerte ventarrón. El hermano desobediente había quedado atrás. Ahora los esperaban nueve curvas cerradas y un gran precipicio. El cielo, además, era un bloque de obsidiana sin estrellas.

4
La motoniveladora iba muy despacio. Para cuando hicieron el primer tramo recto previo a la curva, el viento blanco se había desatado con furia. Con una velocidad de setenta kilómetros por hora, levantaba la escarcha suelta del piso, además de que nevaba con furia. José no veía nada. El parabrisas estaba congelado y los limpiadores no podían arrastrar tanta capa de hielo. La visibilidad no superaba los cincuenta centímetros desde las ventanas laterales, si se bajaban. Y era imperioso conducir pegados a la ladera. La primera reacción era frenar. Pero eso provocaría accidentes con los autos que seguían la caravana. No había más que continuar en primera, en una ruta que, a pesar de la Galium, conservaba algo de hielo e iba en bajada. Iban a cuatro kilómetros por hora, pisando el freno de continuo. El primer tramo recto les tomó casi veinte minutos. Los autos tocaban bocina para que los demás conductores pudieran deducir su distancia. Las luces del auto delantero eran como el fulgor de un polvo mágico, tenue y efímero. Las más potentes de la motoniveladora no se veían, porque iba a un coche de distancia.
–Cerrá tu campera, hijo. Ponete uno de los gorros que hay atrás. Vamos a salir de esta –dijo José.
La primera curva se acercaba. Gonzalo hizo todo lo que dijo José y bajó la ventanilla. El hielo le azotaba las mejillas y no sentía la nariz. Las instrucciones de su padre fueron:
–Tenemos que ir pegados a la ladera en todo momento. Si nos separamos veinte centímetros estamos muertos. Vos vas a ser el capitán y yo el timonel. Tenés que decirme si me alejo de la ladera y ayudarme a corregir la dirección. Cuando se acerque la curva, vos me vas a decir cómo y cuánto doblar el volante. Si voy bien, si sigo pegado al canto de la montaña. Si ves que me desvío, tenés que corregirme.
Gonzalo dijo:
–¿Y si no puedo?
–Sí vas a poder.
El chico sacó el cuerpo por la ventanilla hasta el pecho. La temperatura había bajado a dieciocho grados bajo cero. Tenía las manos insensibles. Comprobó que podía ver la ladera de la montaña y, con algo de equilibrio, tal vez podría tocarla con los guantes puestos. Los sacó de la guantera. Las manos le temblaban y no lograba detener el castañeteo de los dientes. Su voz sonaba apagada por la tormenta.
–Ahora vas bien pegado a la montaña, seguí así un poco más.
–Cuando tenga que doblar, vas a decirme cuánto.
–Ahora. Sólo un poquito.
–¿Cuánto es un poquito?
Gonzalo no había manejado nunca el Torino, excepto ese día para poner las cadenas. Lo pensó un momento:
–Mové las ruedas cinco centímetros a la izquierda.
–¿Así?
–Un poco más. Así. Otro poco.
–Avisame cuando empiece la recta.
–No veo nada.
Más atrás se sintió un estruendo. Con probabilidad, uno de los autos posteriores había embestido al de adelante. El mótorman de la Galium llamaría por radio para pedir el auxilio. A Gonzalo se le estrujó el corazón. Miraba a su papá. Estaba agarrado con las dos manos desnudas al volante, los nudillos blancos y los ojos achinados debajo de los lentes. Para mantenerlos en su lugar, encogía la nariz. 
–Vas bien, pa. No frenes –dijo Gonzalo.
–Eso fue un auto que chocó con otro. ¿Se habrán ido al precipicio?
–Nosotros no nos vamos a caer. Dale así. Seguí como vas, sin torcer más el volante. 
Avanzaban a diez centímetros por segundo, helados por el viento que inundaba la cabina del viejo Torino. No tenían calefacción.
En un punto, la curva se suavizó y el tramo recto empezó a los pocos metros.
–Ahora enderezá. Despacio. Así vas bien. Otro poco más –decía Gonzalo.
José miraba con obsesión el parabrisas. No era capaz de traspasar la capa que, como una lámina de telgopor, engrosaba el vidrio con sedimentos helados. Nada podría penetrar esa costra.
–Listo –dijo Gonzalo–. Ahora viene la recta. Dale despacio. Más a la izquierda.
José corrigió la dirección. Gonzalo estaba al borde de la hipotermia, pero ayudaba a su padre con toda la fuerza de su voluntad. Y quedaban ocho curvas más.

Pasó, por fin, el peligro y retomaron el camino normal. José iba callado. Todavía la visibilidad era nula y Gonzalo lo ayudaba a conducir. Pero pronto el viento blanco cesó. Ellos habían descendido un trecho largo. Una hora después, caía nieve fina y el ventarrón había parado. La caravana iba en silencio. La Galium aminoró la velocidad, tocó bocina y luego se detuvo. Hicieron lo mismo todos los autos. Habían perdido dos coches en ese viaje. José y Gonzalo rascaron el parabrisas con unas palas, y ajustaron las cadenas como todos los demás. Nadie conversaba.
Al retomar la marcha, José no dijo ni una palabra en tres horas. Iba con la vista fija en el camino.
Y entonces, de la nada, preguntó:
–¿Sabés que el viento blanco es un fenómeno que se da también en Rusia y en Estados Unidos? Ahí lo llaman "Blizzard".
–No, pa. Ni idea. Pero hay una palabra en inglés muy parecida: "lizard". Significa "lagartija" –dijo Gonzalo— . ¿Lo sabías? 
Y cuando ya parecía que José iba a omitir la respuesta, dijo:
–No. No lo sabía.