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La Teoría y la Práctica

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24/08/2026

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Por Claudio Gustavo Miranda

Imagen de La Teoría y la Práctica
No son pocas las corrientes filosóficas que señalan a la teoría y a la práctica como mundos contrapuestos. Incluso algunas, las más radicalizadas, van un poco más lejos aún y sostienen la supremacía de uno sobre la otra.     
Por el contrario, la gente de a pie, a quienes la filosofía no les va ni le viene, prefiere pensarlas como disciplinas complementarias. Están convencidos que de su estrecho vínculo, surge el maravilloso arte de conjugar la palabra con la acción. 
Por supuesto que yo, como hombre común que soy, adhería a esta corriente de pensamiento, hasta que un día conocí a Hernán Raposo, hace ya de esto más de treinta años.   
Evidentemente había vivido equivocado. El tipo era un brillante teórico y un desastroso empírico. Sobrados ejemplos avalan la afirmación. Se había graduado de médico a los veintidós años. Sin dudas, todo un adelantado. ¡Y pensar que yo a esa edad ni siquiera había llegado a la mitad de la carrera de abogado! 
Sin embargo, no ejercía la profesión, ni le interesaba hacerlo. Aducía un problema vocacional. “Me equivoqué de carrera”, solía justificarse con visible pena. 
La faz deportiva era otra de sus grandes paradojas. Compartía conmigo la pasión por la natación. Un día se apareció por la pileta del club y nos dejó a todos con la boca abierta. El tipo era un cohete nadando estilo cross. Ni lerdo ni perezoso, el capitán de entonces lo convocó a formar parte del equipo del club, invitación que Raposo aceptó con gran entusiasmo. Todos dimos por descontado que, con semejante refuerzo, saldríamos campeones metropolitanos. Su debut no pudo ser peor y eso que los rivales dejaban bastante que desear. En el medio de la carrera le agarró un calambre en un pie y por poco se ahoga. Un verdadero papelón. 
De la natación pasó sin escalas a las clases de teatro vocacional que se impartían en el mismo club, los días de la semana a la noche. De nuevo el asombro, esta vez de parte del director del elenco, al descubrir lo que el mismo calificó como extraordinarias dotes actorales. Sus compañeros no tardaron en vaticinarle un futuro promisorio en el mundo del teatro profesional. Y otra vez la infinita decepción, cuando un par de meses después, estrenaron una obra del Carlos Gorostiza, “El Puente”, en el modesto teatro municipal, ante una cantidad de espectadores más que respetable. Raposo, en plena función, se quedó petrificado, víctima de un inesperado ataque de pánico que obligó la suspensión de la velada.
Hay más muestras de esa extraña incompatibilidad: el amor. Para quienes consideramos al noviazgo formal como un curso preparatorio de la vida conyugal, hay que decir que en este punto nuestro hombre tampoco estuvo a la altura de las circunstancias. Ocho años de noviazgo con una chica guapísima, coronaron un brevísimo matrimonio.  
Luego del divorcio, nos dejamos de ver. Sin embargo, la vida siempre se las arreglaba para hacerme llegar noticias de él. Así, con el paso de los años, me fui enterando de sus recurrentes desventuras, aunque muchas de ellas solía tomarlas con pinzas, es que la gente a veces es más proclive a alimentar mitos que a transmitir verdades. Al parecer se le había dado por incursionar en el mundo de la locución. Se graduó de locutor profesional en una afamada academia de Buenos Aires. Enseguida lo contrataron en la vieja radio Belgrano, pero tuvo poca fortuna. En su segundo día de trabajo, al leer el informativo, sufrió una traicionera afonía que lo dejó prácticamente mudo. 
Mas tarde inició la carrera de Psicología. Se recibió tres años más tarde con un promedio de ocho noventa y tres. Al poco tiempo le retiraron la matricula a causa de un juicio por mala praxis. 
A veces no podía evitar sentir una profunda lástima por su infeliz destino. Mis éxitos profesionales y personales eran inversamente proporcionales a las desdichas de Raposo, que no paraba de descender en el oscuro barranco de la derrota y la contradicción. 
Por mucho tiempo no supe más nada de él, hasta que la semana pasada me lo encontré de casualidad por la calle. Me asombró lo bien que se conservaba, representaba como seis o siete años menos que yo. Ese contraste tan evidente, me hizo tomar nota de que los años se me habían venido encima sin la menor piedad.
Terminamos en el bar más cercano, tomando café. Raposo, de inmediato, acaparó el centro de la conversación. Con gran entusiasmo me puso al tanto de los proyectos en los que había estado trabajando en los últimos años. El primero tenía que ver con el estudio pormenorizado del proceso de envejecimiento en los seres humanos. Por varios minutos se despachó con una lección brillante, digna de una eminencia en la materia. Uno escuchaba a hablar al tipo con tanta autoridad y le quedaba la impresión de estar frente al mejor geriatra del mundo.   
Volví a observar su rostro sin arrugas, su piel inusitadamente rozagante. Me había quedado corto. Parecía como de cuarenta y cinco años. 
¿Excelente teórico y desastroso empírico? ¿Sería posible? Enseguida me dije que no había que pensar cosas raras, seguro que si parecía tan joven era porque se habría sometido a una cirugía estética, tal vez una nueva y revolucionaria técnica de rejuvenecimiento.
Y si ya me encontraba turbado por la situación, ni hablar cuando se refirió a ese otro gran proyecto, como él lo denominó, y al que dedicaba toda su energía en los últimos meses: La Muerte.
Había investigado todo acerca de ella. Había incursionado en las diversas corrientes que intentan explicarla, la religiosa, la filosófica, la metafísica…la reencarnación.
Había ahondado en sus diferentes tipos: la muerte natural, la súbita, la violenta, la cerebral…la catalepsia. 
Sabía de memoria los procesos químicos derivados: el algor mortis, el livor mortis, el rigor mortis. 
También habló con autoridad del fenómeno conocido como el peso del alma, los famosos 21 gramos que pierde el cuerpo después de exhalar el último aliento.
Y si antes Raposo era puro entusiasmo, ahora estaba en presencia de un tipo exultante, borracho de toda esa teoría que había mamado de infinidad de libracos, y que tal vez, le surtirían el efecto de siempre: tornar inalcanzable lo estudiado, hasta volverlo impracticable. Así, el envejecimiento y la muerte, su propia muerte, entraría en las generales de la ley: el fracaso.
Otra vez un escalofrío me recorrió el cuerpo. ¿Sería factible semejante cosa? Pero no importaba mi opinión. Bastaba verle el brillo de los ojos para concluir que adentro de él, sino reinaba la certeza, al menos le corría la sólida esperanza que sí, que podía ser posible. 
Recuerdo que en ese momento tuve una especie de flash: la triste visión de mi futuro, de los años por venir, la vejez, la decadencia y por fin, la muerte. 
Salimos del bar cuando empezaba atardecer. Nos despedimos con un afectuoso abrazo. Él se fue caminando hacia el lado del Bajo, con un andar despreocupado, casi displicente. En cambio, yo, tomé la dirección contraria, rumbo a la terminal del metro, moviéndome a duras penas, a la par del resto de los mortales. 

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