El Fiat 682 humeaba negro, contrastando con el entorno blanco; el camión, pintado de verde, estaba cubierto de nieve. Tito se bajó; el frío le golpeó los ojos y la frente, mientras que la cara cubierta de barba atenuaba el helado día. Prendió un cigarrillo para que el calor le llegara hasta las tripas; pitó largo, mordió el filtro, lo sostuvo en la comisura y el humo y el aroma del Particulares subieron, impregnando el gorro de piel. Tomó el encendedor con el dibujo de la etiqueta verde y blanca de cigarrillos Salem. No era un Zippo original, pero le servía en ese desolado y ventoso páramo; era versátil. El humo oscuro y oloroso que emanaba no le golpeó las narices; el calor en los dedos era más placentero. Se había quedado sin bencina y lo había rellenado con gasoil del camión. Terminó de fumar y subió al camión tiritando; llevaba dos días atascado en la nieve. Por suerte, Claudia retozaba en el camastro; había sido sabia su decisión de arriesgarse a llevarla, ya que le daba calor en la noche y compañía en el día. Le preocupaba que el temporal no amainara y que la comida no les alcanzara para los dos.
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