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Mirar a los ojos

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10/09/2026

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Por Marcelo José Islas

Imagen de Mirar a los ojos
"Mi país es un palimpsesto donde mis ojos insomnes se desgastan para rastrear la memoria"
Ousmane Moussa Diagana

Desde hace dos días floto. No sé si es de día o de noche. El mar me traga el tiempo, lo mastica y lo devuelve en oleajes. Me aferro a esta madera como a una palabra rota. Es áspera, húmeda, abierta en astillas que me desgarran las palmas. A veces parece hueso. A veces carne. Me aferro igual, con la fuerza de quien ya no espera salvación.
No creo en Dios. Nunca lo hice. Ni ahora, que la sal me seca la lengua y el miedo me corta la respiración. Ningún milagro interrumpe este horizonte. Sólo azar. Sólo mar.
A mi lado, la mujer ya no respira. Su hijo tampoco. Tiene los ojos abiertos, pero ya no mira. Un cabo enredado entre nuestras ropas nos mantiene cerca. Los miro. Ellos también miraron alguna vez. ¿Qué vieron?
La recuerdo sonriendo, apenas. Un patio de arena. Un chiste torpe para espantar el miedo. Ella sonrió. Una sonrisa mínima, casi frágil. Y sin embargo pensé que ese gesto era una forma de valentía. El niño me mostró una piedra en forma de corazón. «Mira», dijo, con los ojos brillantes. La apretaba en su puño como si fuera un pasaporte secreto, como si esa piedra pudiera cruzar el mar mejor que nosotros.
—Que no se enteren los soldados —murmuró alguien. —De noche es más fácil —respondió otro. —¿Y si no llegamos? —se atrevió a preguntar una voz.
Nadie contestó. El silencio cayó como una orden. Las lámparas de querosén apenas dibujaban los rostros. El olor quemaba los ojos. Había hambre, polvo, cuerpos tensos como cuerdas a punto de romperse. Yo también estaba allí. En esos ojos ya se veía el mar, antes de verlo. Las olas me repiten la misma pregunta: ¿por qué huyes? Huyo porque el aire se volvió sentencia. Porque en mi país respirar se convirtió en delito. Porque no supe invocar a un dios que nunca estuvo allí. Huyo porque vivir se volvió imposible.
Recuerdo la barca azul descascarada. El olor agrio del gasoil mezclado con sudor. El crujido de las tablas incapaces de sostenernos. El niño lloraba, el pecho temblándole. La mujer lo acunaba con brazos exhaustos. Alguien gritó que éramos ciento cuarenta. Otro dijo ciento cincuenta. Nadie contó. Nadie quiso.
El motor se apagó de pronto. Un golpe seco. El silencio, antes que los gritos. Las manos buscaron tablas, garrafas, cualquier cosa que flotara. No oí a nadie rezar. Nadie supo callar. El mar se encargó del resto.
Agarrada a esta madera pienso en mis clases de teatro. En las voces de mis alumnos pronunciando tragedias antiguas. Ellos buscaban sentido. Yo les decía que el arte no lo da: apenas le pone forma al caos. Hoy lo entiendo mejor. Esta tabla es la forma. El contenido soy yo, la carne que tiembla sobre ella.
Me pregunto si el arte necesita un público. Aquí no hay aplausos. Sólo los peces, que muerden en silencio. El mar no pregunta. Devora.
Los veo, flotando junto a mí. La mujer. El niño. Los ojos abiertos, ya sin luz. Quisiera cerrárselos, pero mis manos están ocupadas en no soltarme.
Tal vez alguien los vea desde un barco lejano. Tal vez una cámara capture sus rostros. Tal vez esa imagen se convierta en noticia, en cifra, en parte del conteo de los que llegaron y de los que se hundieron. Pero yo sé lo que queda fuera del encuadre: los patios, las voces, la noche en que partimos.
Mirar a los ojos. Eso es lo único que no se hunde. Los cuerpos pesan. Las maderas se pudren. Las palabras se rompen. Pero la mirada queda, flotando sin dueño. Si alguien la encuentra, sabrá. No hubo dioses. No hubo milagros. Sólo el deseo de vivir.


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