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Por siempre Violeta

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16/09/2026

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Por Daniela Yacub

Imagen de Por siempre Violeta
“El amor es torbellino de pureza original. Hasta el feroz animal susurra su dulce trino. Retiene a los pelegrinos. Libera a los prisioneros. El amor con sus esmeros, al viejo lo vuelve niño. Y al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero”. 
Violeta Parra.

Mi nombre es Violeta. Ya no formo parte de este mundo, pero sigo estando de algún modo. 
Nací un 4 de octubre de 1917 en el sur de Chile. Mi vida no fue fácil, pero adquirí herramientas -principalmente la guitarra y mi máquina de coser, aunque también arcilla y otros materiales de esculpido- para transformar el dolor en amor y alegría. 
Siempre fui autodidacta. Por ejemplo, aprendí a tocar de oído. Creo que las melodías salían, más bien, de mis entrañas. Lo mismo pasaba con las letras de mis canciones: brotaban, como si ya no pudiera contenerlas más tiempo dentro de mí. 
Siento que, a lo largo de mi existencia, prioricé siempre el corazón antes que la cabeza. Pienso que el arte debe ser así: auténtico y visceral. De lo contrario, hubiera estudiado contabilidad. Y el hecho de que mi corazón haya sido mi brújula, no fue nada fácil; o al menos no tan conveniente en algunos casos. Pero, debo decir que, si renaciera, haría todo igual -o casi todo-. 
Crecí en una familia bastante nómade, por lo que para mí siempre fue natural viajar, actuar en los circos -llegué a tener mi propia carpa- y cantar junto a mis hermanos rancheras y boleros en los barrios. Sin duda, mis orígenes humildes, mis padres campesinos y la vida “bohemia” que llevaba mi clan forjaron mi destino. 
Las adversidades no faltaron, por supuesto, pero mi necesidad de alzar la voz y encender mi alma eran más fuertes. Porque el talento es muy importante, claro, pero si falta fuego, serás uno más del montón. No sé si he sido una artista talentosa; lo que sí puedo asegurar es que fui honesta conmigo misma, coherente con mis ideas y valiente. Aunque he temblado de miedo, fui valiente. Y esa valentía fue vulnerabilidad expresada a través del dolor, pero sobre todo del amor. Porque hay que ser valiente para mostrarse vulnerable. 
Durante varios años recorrí gran parte de Chile. Conocí pueblos remotos, de los que nadie se acuerda el nombre. Pisé su tierra seca y sus piedras mojadas. Sumergí mis pies en el agua helada de sus mares y lagos. Reposé debajo de sus árboles frondosos y escalé sus montañas. Respiré el aire puro de sus campos y acaricié a sus animales. También degusté sus exquisitos platos típicos. Sin embargo, lo más bello de todo fue su gente: sus costumbres, su simpleza, sus pausas y sus ojos. 
Llevé una libreta y una grabadora, en las que registré melodías propias de cada lugar: desde cuecas y tonadas, hasta payas y otros cantos que estaban a punto de extinguirse. Años después, fui al Museo Etnográfico de Ginebra con mi maleta en mano. En ella llevaba montones de grabaciones traídas desde Chile. Sentía que ese material tenía un valor incalculable y estaba ansiosa porque el mundo lo conociera.
Cuando ingresé a la sala del museo donde era la cita, el musicólogo me preguntó si sabía las notas de las grabaciones que llevaba. Le dije que no y se indignó. Me fui desconcertada. Me llamaron nuevamente y dejé mi material, que quedó archivado en el museo hasta que vio la luz varias décadas después. 
Nunca busqué premios ni aprobación. Mi objetivo fue expandir la cultura de mi país y de Latinoamérica. Y la melodía no sería nada sin una letra que diga. Yo elegí contar las injusticias y el dolor. Y eso fue un acto de amor. Yo elegí denunciar a las cúpulas de poder y darle visibilidad a los invisibles, los olvidados, los saqueados por un sistema cruel y ambicioso.
No obstante, la alegría también estuvo presente en mis canciones, tanto a través de sus melodías como de sus letras. Le agradecí a la vida y me reí del desamor. De hecho, algunos de mis temas se adaptaron a un público infantil, debido a su ritmo pegadizo, su contenido lúdico y sus rimas simples. 
He vivido con intensidad. Miles de veces se me ha erizado la piel al escuchar una canción. Cientos de veces lloré al contemplar arte. Infinidad de veces reí a carcajadas cuando la lluvia me mojaba mientras corría a refugiarme bajo algún techo. El dolor también lo sentí intensamente, como un desgarro que nace del estómago y atraviesa el pecho. Me odié por mi cara poceada por la viruela. Y también me amé cuando parí hijos, canciones, esculturas y obras hechas con arpillera. 
Sin embargo, puedo decir que nada de eso me define. Hoy soy un espíritu libre, pero siempre lo he sido; incluso cuando estaba viva. El amor y la libertad siempre fueron mi motor. Y, ahora que lo pienso, no podría existir uno sin el otro.
La búsqueda de amor y libertad fue el impulso que me hizo artista. Por eso sigue presente a través de mis obras, reivindicando la cultura popular y los derechos de los más vulnerables. 
La búsqueda de amor y libertad, aunque sea a través de la tristeza, fue lo que hizo que mi vida terminara. Porque nadie pudo decirme cómo vivir. Y tampoco cómo marcharme.

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