Anoche —conviene aclarar, si no por precisión por higiene mental, que “anoche” ya no funciona como marcador temporal sino como un estado extendido donde la experiencia de leer, de vagar por textos y de no elegir del todo se vuelve el equivalente contemporáneo de caminar sin rumbo— me encontré orbitando a Henry Miller, no leyéndolo en el sentido disciplinado sino rodeándolo, permitiendo que su mirada sobre los cabarets neoyorkinos —esas tetas excesivas, esa teatralidad de lo erótico que él mismo percibe como en decadencia— se filtrara entre otras voces, porque la pantalla del iPad escupía fragmentos de las Aguafuertes gallegas, párrafos de Miedo y asco en Las Vegas, alguna frase aislada de El silencio de DeLillo, y en ese entrecruce desordenado —que en otro tiempo habría sido visto como falla de atención y ahora parece método— apareció una observación de Miller que no termina de formularse como teoría pero se instala como diagnóstico: que algo en Nueva York —en la carne, en el espectáculo, en esas mujeres que él veía pasar de una cierta crudeza honesta a una perfección pulida y vacía— se estaba perdiendo, no porque lo que venía fuera peor, sino porque lo que venía no retenía nada, no acumulaba densidad, no envejecía con historia sino con una especie de alisamiento que eliminaba las marcas sin reemplazarlas por otra cosa. Aunque no elegí a Miller —decanté por Arlt, no por convicción sino por saturación, buscando otra textura, otro tipo de intemperie—, la sensación quedó adherida, persistente, como esas ideas que no tienen forma pero tampoco se van, y me acompañó en ese deslizamiento hacia Galicia —que no es Galicia, sino la que Arlt arma—, y me encontré observando ese paisaje con una calma que parecía prestada, casi sospechosa; y cuando finalmente el sueño se impone, lo hace con la misma inconsistencia con la que había leído: a destiempo, interrumpido, ajeno a cualquier intento de control, y al despertar —que tampoco es un corte limpio, porque uno no vuelve del todo— ahí estaba otra vez, intacta, esa sensación que no es nueva (y esto es lo peor de todo), que viene desde antes, desde un punto que no puedo ubicar con precisión porque siempre estuvo: que algo falta; no en el sentido banal de carencia —no es “me falta tal cosa”, no es un objeto, no es una experiencia concreta—, sino en ese registro más difícil donde el inventario está completo o lo parece, donde el mundo —al menos en su versión accesible— no niega sino ofrece, acumula, despliega, permite, y aun así hay una sensación de hueco constante, como un error de calibración entre la cantidad de cosas que pasan y la intensidad con la que uno logra vivirlas; y vuelve Miller, vuelve sin ser llamado, con esa frase que no recuerdo textual pero que retengo en su forma más útil: a Estados Unidos le falta algo, y lo dice al mismo tiempo que reconoce que lo tiene todo, lo cual no es contradicción sino diagnóstico: que el problema no es la falta clásica —la pobreza, la imposibilidad, el no acceso—, sino la otra, la que aparece cuando todo está disponible pero nada termina de fijarse, de pesar, de volverse irreemplazable; y, si uno se permite sostenerlo un segundo más de lo recomendable, se vuelve difícil de evitar la sospecha de que eso que falta no es algo que pueda sumarse, no es una pieza del rompecabezas que extraviamos en algún momento y que con suficiente esfuerzo podríamos volver a encajar, sino algo que, de alguna manera estructural, se pierde en el mismo proceso que hace posible todo lo demás: en la simultaneidad (leer cuatro cosas a la vez y no leer ninguna del todo), en la disponibilidad infinita (todo está, entonces nada pesa), en la sustitución constante.
¿Cómo debo sentirme por esta necesidad —esa que no se deja nombrar sin volverse impostada—, por ese impulso de alimentar algo que no sólo no se sacia sino que parece crecer en proporción directa a cada intento de satisfacerlo?, ¿qué se supone que espera uno de la vida cuando ya no puede fingir que la vida es una secuencia de objetivos alcanzables sino más bien una acumulación de pequeños mantenimientos, de ajustes constantes a un sistema que no fue diseñado para la plenitud sino para la continuidad?, ¿qué programación primigenia —si es que existe algo así y no es otra de esas ficciones útiles que inventamos para no aceptar la arbitrariedad brutal de estar aquí— corre por mis venas y se activa en estos momentos donde todo parece ordenado pero nada termina de ser suficiente?
Es difícil —y cuando digo difícil no pienso en una dificultad intelectual, de esas que se resuelven con más lectura, más conceptos, más estructura, sino en una resistencia más básica, casi biológica— explicarlo sin caer en metáforas gastadas, en lugares comunes que al mismo tiempo funcionan y traicionan lo que intentan capturar; lo más cercano —y aun así insuficiente— sería pensar en algo como la física cuántica, en esa teoría incómoda de que hay fuerzas operando, influyendo —¡cómo influyen!— sin que podamos observarlas directamente ni mucho menos controlarlas, y que sin embargo determinan lo que creemos que elegimos.
Quizás esta sensación sea el resultado de haber mirado donde no había que mirar, de haberse asomado a ese borde donde las narrativas ordenadas empiezan a desarmarse y ya no se puede volver del todo a creer en ellas con la misma inocencia; como esos personajes —los aludidos, los advertidos— que acceden a un conocimiento que no les estaba destinado y quedan, desde entonces, desplazados; ya no están completamente dentro del sistema pero tampoco completamente afuera. Entonces aparece la posibilidad de la fuga —inevitable, casi logística para ellos, una fantasía para nosotros—; dejarlo todo: salir.
Ir en busca de ese “algo” (y la comilla no es ironía, es reconocimiento: sabemos que no sabemos de qué hablamos) que aparentemente no orbitó alrededor nuestro cuando debía hacerlo y que ahora se presenta —tarde, siempre tarde— como una carencia específica, casi personal. Somos entonces testigos de cómo la fantasía se rompe contra lo real; porque ¿cómo se hace eso?
¿Cómo se abandona todo cuando todo está estructurado para que no puedas abandonarlo?
Horas de trabajo que no son negociables.
Deudas que no esperan comprensión existencial.
Colegios.
Comida.
Ropa.
Patentes.
Impuestos.
Combustible.
Servicios.
Hipotecas.
El sistema no niega la fuga, la vuelve impracticable. La revolución, dijo Fidel, es más necesaria que nunca y más difícil.
Entonces uno queda atrapado en esa especie de contradicción operativa —hasta las contradicciones necesitan procedimientos, horarios y algún miserable formulario para poder funcionar— en la que el deseo de otra cosa coexiste con la imposibilidad material de perseguirlo sin desarmar una estructura que, nos guste o no, sostiene casi todo lo demás. Y quizá sea en esa convivencia obscena entre lo que uno desea y aquello que sabe que no puede hacer, donde aparece la verdadera naturaleza de esa falta.
Nota dirigida al editor: por favor, publique la siguiente nota.
Nota al lector: tuve que comprimir todo un universo de ideas en un átomo de 1200 palabras. ¿Qué carajo esperaban leer?
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