Por mi aspecto todos me creen arisco o gruñón. Es una carga que llevo y de la que no puedo despojarme. Por eso, todos los días lucho contra esa idea errónea que me condena.
El color y la suciedad que llevo encima no colaboran. Se me asocia con algo malo, negativo y hasta me he enterado de que en cierta época del año debo andar escondido, más de lo normal, para que no me tomen contra mi voluntad y hagan cosas horribles conmigo. Es lo que decía, la sociedad en la que vivo puede llegar a asustar.
Pero ahora que es verano, me gusta pasear por la calle y observar a los transeúntes. Me gusta regalarle una mirada cálida a los que pasan. Algunos se detienen a mirarme, otros no. Unos incluso acercan, tímidamente y un poco asustados, su mano a mi rostro. Ahí es cuando pienso: Pobre, piensa que me voy a enojar y a darles su merecido por atreverse a semejante acción. Por eso me gusta ver su tranquilidad cuando mi respuesta es positiva.
En el día ando con más cuidado, ya que los enemigos siempre acechan. Me muevo de acá para allá, como una gacela. Estoy seguro de que no me ven: los de arriba no se fijan en los de abajo y los de abajo, bueno con esos hay que ser más cauteloso ya que pueden verme con más facilidad.
Por eso, mi momento preferido es al anochecer, cuando mi color se camufla con la oscuridad de la noche y sólo me muestro a quien yo decida. Últimamente me gusta vagar por la misma calle y duermo cómodamente debajo de un auto. Con el color del pavimento quedo completamente invisible a los demás y puedo aparecerme de improviso cuando menos se lo esperan.
Es así que me hice una amiga: desde abajo del auto la veo que viene caminando, cruzando la calle y se dirige a la puerta negra que está a solo unos pasos de donde estoy. A veces viene contenta, otras un poco triste, como todos al fin y al cabo. Me gusta observarla y espero a que esté lo suficientemente cerca para hacer mi entrada triunfal.
La primera vez fui con cuidado, no sabía si le agradaría mi presencia o no. Tal vez era como los otros humanos que me dicen cosas feas: Shh, fuera, fuera, me han dicho muchas veces. En esos momentos bajo la cola y salgo corriendo. Esos son los que me creen malo y arisco. Pero ella me vio, me sonrió y empezó a hablarme. Creo que me preguntó de dónde venía y la escuché decir algo así como pobrecito aunque no sé bien a qué se refería.
Desde entonces me aparezco en su casa justo cuando la veo venir. Sé que voy a recibir unos mimos, como yo también se los doy a ella. Me pego a la puerta de su casa, quiero ver si me deja entrar, pero hasta ahora no ha habido suerte. Parece que no puedo porque a Luna no le va a gustar, sea lo que eso signifique.
Resulta que no es la única humana que vive allí, ya he visto a otra mujer y dos hombres. Son todos muy amables y siempre me dedican una sonrisa que yo devuelvo con unos ronroneos. Se turnan junto con la puerta de al lado para darme un poco de comida, lo cual agradezco queriendo entrar a su casa. Pero no, no me dejan. Seguiré vagando por la calle y demostrando mi buen carácter hasta que un día me dejen entrar a curiosear.
Los humanos son ruidosos. Siempre levantan la voz para hablar y hacen escándalo. Los ruidos de los autos son aun peores, pero ya no me quitan el sueño: puede pasar la moto más ruidosa de la ciudad que a mí no me altera, ni un pelo. Eso lo notó mi amiga, la de la casa. Escuché decirle al hombre: Mirá, no se asusta con el ruido. Me quedé incluso más quieto y solemne para que vea que no era ningún cachorrito recién nacido, yo no siento miedo.
Bueno, en realidad un poco sí. El miedo es necesario, es lo que nos mantiene vivos. Si no tuviéramos miedo, seríamos unos tontos y no sobreviviríamos por mucho tiempo. Pero todo en su medida para no pasar a ser tontos de nuevo. Aunque debo admitir que la curiosidad me ha metido en cada lío del que es mejor olvidar. ¿Pero qué sería la vida sin un poco de aventura y adrenalina? Aún soy joven y tengo mucho por hacer y conocer.
Me pregunto si los humanos pensarán de la misma forma. Me pregunto más bien en qué pensarán ellos. Siempre parecen estar enojados, como si las pulgas les picaran y no pudieran sacárselas jamás. Es entendible, son incómodas. También están siempre apurados, ¿acaso algún animal los acecha y deben escaparse? Espero que no porque no es sano estar siempre a las corridas. Y eso que a mí me gusta correr, pero no hay nada más lindo que encontrar un lugar cómodo donde los rayos del sol puedan recargar tu energía. Me encantan las siestas bajo el sol. ¿Los humanos se tomarán ese momento de tranquilidad? Yo creo que no.
Ojalá pudiera transmitirles un poco de mi sabiduría para que pudieran aplicarla a su vida y a su forma de vivir. Pero no creo que eso sea posible. Por el momento, me conformo con abrirles un poco los ojos y quitarles este prejuicio instalado de que los gatos somos de una forma y no de otra.
Dejar un comentario
Comentarios publicados (1)