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Ensayo a los que quedan

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15/10/2026

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Por Virginia del Rio

Imagen de Ensayo a los que quedan
En estos tiempos donde pareciera que hay que sanar constantemente, se suma una presión nueva a quienes han pasado por varios duelos en esta vida. Todos los seres humanos de una manera u otra duelan en algún momento, no solo la muerte, se atraviesan duelos de matrimonio, de trabajos, de mudanzas, de vínculos que dejan de ser. Cada cambio mayor en nuestra existencia requiere que algo deje de existir para dar lugar a nuevas experiencias. ¿Pero realmente deja de existir? Me niego a la idea de que mi padre un domingo de febrero dejo de existir, no soporto la idea de que un amor tan sincero en un momento de la vida se convierta en una separación y listo. 

¿Cómo transformar los sentimientos de algún momento anterior para continuar viviendo? El duelo se hace presente, no pide permiso ni se excusa, aparece. Se suele decir que tiene 5 etapas (siempre el ser humano haciendo todo tan lineal). Nunca son solo 5 etapas. Nunca se deja de recordar lo que en algún momento fue importante y ya no está, ya se dejó de vivenciar.  Por generaciones, el duelo ha sido uno de esos periodos que tratamos de evitar, quizás porque es cuando las emociones se sienten más crudamente, no hay un gris que nos ayude a no romper en llanto al recordar una memoria en particular. Y aunque, no es común, pero puede pasar, ver a alguien llorando en el subte o tren, semejante estado de vulnerabilidad en un medio de transporte público requiere una enorme inmensidad emocional contenida. Sentimientos que se escapan de nuestro control y explotan sin importar tiempo y espacio. 

Vivir las emociones intensas y sostenerlas no es tarea sencilla, diría que casi todos las evitamos; nos convertimos en seres símil piedra en el exterior, para que nadie sea testigo de cuánto nos duele una ruptura, un despido, un adiós. Creyendo que esto nos identifica como seres débiles, cuando la realidad no podría ser más lejana. Para poder atravesar un estado tan específico hay que desarrollar un tipo de fuerza mayor. Porque además tenemos que lidiar y ser capaces de seguir viviendo, hacer las cosas que se demandan de nosotros en el día a día y sumarle los sentimientos que podemos llegar a tener mientras todo eso sucede, darles lugar, sentirlos, navegarlos lo mejor posible y despertarnos un día más para continuar.

Podría ser que el duelo y la muerte tengan la misma mala fama, aun siendo procesos tan naturales como el nacimiento, simplemente nos dejan más preguntas que respuestas. Entonces, como con cada cosa que la humanidad no logra comprender del todo se le hace mala prensa, aparecen los tabúes, el bueno, por lo menos no sufre más o los ya no daba para más esa relación o ese trabajo. Increíblemente, la vida nos puede sorprender y mostrarnos que dos verdades opuestas pueden convivir al mismo tiempo. Y quizás por eso nos cuesta tanto sostener, porque nuestra mente y cerebro necesitan certeza. Desde que nacemos, intentan que todo tenga sentido para mantenernos a salvo. ¿Entonces cómo es que puedo extrañar a alguien que ya no está, pero saber que era mejor que ya no esté?

La incertidumbre nos suele jugar malas pasadas, sobre todo si tenemos tendencia a querer controlar qué pasa, cómo y dónde. Sentir que el piso se nos mueve, no ver el próximo paso o escalón nos pueden hacer sentir que todo esto es demasiado para manejar. En lugar de dejarnos sorprender por el siguiente capítulo de nuestra vida, necesitamos saber adónde vamos o cómo vamos a llegar allá. Si condimentamos con un poco de ansiedad, todo se convierte en una inimaginable pesadilla de la que no hay manera de despertarse, ¿o sí? Siempre hay una manera, posiblemente una manera nueva, diferente a lo que estamos acostumbrados, pero hay. Entonces no solo estamos de duelo, tratando de enmascararlo, sino que también la vida nos pide volver a ser enseñables, darnos cuenta de que no tenemos todas las respuestas, seguramente esta nueva etapa va a requerir humildad y paciencia. Cualidades que, como adultos, intentamos no tener que visitar mucho, porque el camino recorrido nos dice que ya sabemos cómo va a terminar la historia y seguramente no tenemos tiempo de sobra para frenar, observar, analizar y continuar. 

En esta instancia, además de la fortaleza para sentirnos y dejarnos ver vulnerables, se suma ser enseñables y pacientes. No es en vano que evitemos el duelo y las emociones a sentir o cualidades a desarrollar más en profundidad. Inocentemente podemos asumir que, si no navegamos de esta forma lo que se nos presenta enfrente, pasaremos el proceso de forma más rápida. Elegir esa opción, no solo no nos ayuda, nos evita crecer emocionalmente, nos roba de poder profundizar en nuestro sentir, nos paraliza empáticamente y evita poder aprender lecciones de vida que de otra forma serian imposibles de experimentar. Estos procesos requieren de nosotros visitar lugares en los que nunca estuvimos afectiva y anímicamente, aun con el miedo a lo desconocido. No hay recetas mágicas. La manera en que una persona atraviesa sus duelos y dolores puede ser totalmente distinta a la de otra y es importante separarnos del juicio e intentar imponer cómo debería o qué te tendría que hacer. La clave va de la mano de la compañía al lado de quienes amamos.
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