Facundo intentó huir otra vez. Dio cinco pasos hacia la puerta. El cuerpo se incorporó de la cintura para arriba con un crujido horrible de costillas y vértebras. El pecho abierto se cerró solo, como una cremallera de carne y grasa, y volvió a abrirse con un sonido húmedo cuando, obligado por el hormigueo que ahora controlaba sus brazos, regresó a su lado. No había escape.
Continuó. Extrajo la vejiga, la próstata, los testículos. Héctor narraba cada sensación con precisión cruel:
—Cuando cortás el cordón espermático se siente un tirón que llega hasta la base de la columna. No debería doler, pero duele igual. El cuerpo guarda memoria. Más despacio. Quiero sentirlo completo.
Después vino la cabeza. Facundo abrió el cuero cabelludo y lo replegó. Usó la sierra. El olor a hueso quemado y tuétano caliente llenó la sala. Cuando levantó la calota, el cerebro apareció hinchado, con un hematoma negro enorme filtrado entre las circunvoluciones.
—Sácalo —susurró Héctor— Quiero ver la cosa que pensaba en tirarme. La cosa que decidió que el sexto piso era suficiente.
Facundo cortó la médula y levantó el cerebro. Mil trescientos gramos.
—Ahí está todo lo que fui. Ahora no es nada. Solo peso. Solo gramos.
El reloj marcaba las 4:51. El cuerpo estaba vacío. Órganos en bandejas. Sangre y coágulos en el suelo. El hormigueo le había llegado al cuello y a la cara.
Héctor habló más bajo, casi íntimo:
—Ahora viene la parte que más me interesa. La reconstrucción.
—¿Qué? —logró preguntar Facundo.
—Vas a volver a ponerme todo adentro. En el mismo orden. Y después vas a coserme. Esta vez voy a sentir cómo me cierran. Cada puntada. Cada centímetro de hilo. Cada nudo.
Las manos de Facundo se movieron solas. Colocó el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado, los intestinos enrollados. Cada vez que introducía algo, Héctor soltaba un sonido gutural a medio camino entre el placer y el sufrimiento, un sonido que no debería salir de una garganta sin aire.
Después tomó la aguja curva y el hilo grueso. Empezó a coser. La piel estaba fría y resistente. Cada vez que la aguja atravesaba la carne, Héctor hablaba:
—Esa puntada, justo encima del corazón. Se siente como un clavo oxidado. La siguiente, más abajo. Más fuerte. Tironeá. Quiero que quede bien cerrado. Ahora el abdomen. No apures. Quiero cada una. Quiero sentir cómo me devuelven la forma.
Facundo cosió durante más de una hora. El hilo se le enredaba. El sudor le caía sobre el cuerpo abierto. Cuando terminó, el cadáver estaba otra vez entero, lleno de puntos negros irregulares. El olor a formol, sangre y grasa no se iría nunca de la sala ni de su memoria.
Héctor sonrió con los labios solo a medias cosidos. La sonrisa era imperfecta, torcida, horriblemente íntima.
—Ahora sí. Estoy completo otra vez. Pero no del todo.
—¿Qué falta?
—Vos.
Facundo retrocedió hasta chocar con la pared de azulejos fríos. El hormigueo le había paralizado casi por completo.
—No.
El cadáver se sentó en la mesa. Las costillas crujieron. Los ojos grises brillaron bajo la luz fluorescente con una intensidad que no pertenecía a un muerto.
—Llevás años abriendo cuerpos. Nunca te preguntaste cómo se siente estar del otro lado. Hoy lo vas a saber. Y yo voy a ser el que tome notas. Voy a ser prolijo. Voy a ser lento. Voy a hacerte sentir cada gramo.
Las luces parpadearon tres veces. Cuando se estabilizaron, Facundo ya no estaba de pie. Estaba acostado sobre la mesa de acero. Desnudo. Con los brazos sujetos por las mismas correas de cuero que él había ajustado cientos de veces. El frío del metal le quemaba la espalda. Intentó moverse y no pudo.
Héctor Ledesma se puso de pie a su lado. Tenía el bisturí en la mano. La hoja brillaba limpia.
—Hora 5:34. Inicio de autopsia número 48 del año. Cuerpo de Facundo Ríos, masculino, aproximadamente 1,80 metros. Causa de muerte: todavía no determinada. Pero vamos a encontrarla juntos.
Facundo quiso gritar. La boca se le abrió, pero no salió sonido. Algo le había cosido los labios desde adentro con puntos invisibles y perfectos. Solo pudo mirar.
El bisturí bajó.
La primera línea se abrió sobre su pecho con precisión absoluta. Sintió la piel separarse, la grasa amarilla, el músculo rojo. Y la voz de Héctor, clínica, casi paternal, narrando cada segundo justo al lado de su oído:
—Duele más de lo que pensaste, ¿verdad? No te preocupes. Todavía no llegamos a lo importante. Esto recién empieza. Y tenemos todo el tiempo disponible.
La sierra se encendió.
El ruido llenó la sala otra vez.
Y la autopsia, no tuvo final.
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