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Marta 25 años después

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20/10/2026

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Por Eduardo Felizia

Imagen de Marta 25 años después
Mi vieja tenía razón. Fue durante un viaje a su pueblo natal, un páramo perdido en la precordillera sanjuanina, yo tendría unos diez años y la vieja me presentaba a sus amigos de la infancia.
A los diez años la vejez es una cuestión relativa y cualquier persona que tiene más de treinta califica como anciano.
Yo estaba cansado de ver adultos que no me despertaban el más mínimo interés. Mi vieja notaba mi aburrimiento y entre carcajadas, le contaba a sus amigos y yo le digo, “estos son los nenes con los que jugaba mamá, ¡pero son todos viejos!”

La vieja sabía.

Cincuenta años después, para ser más preciso, hace unos días, iba al banco y me crucé con Marta.

Marta.

Salí con ella hace unos veinticinco años, quizás durante un par de meses. Yo era un joven empezando a ser hombre, y ella era una mujer casada, doce años mayor que yo, que me hacía partícipe necesario de sus trampas maritales.
En ese tiempo era una mujer madura pero vital, muy hermosa. Su cuerpo privilegiado le permitía presumir de haber trabajado como modelo en su juventud, si hasta aparentaba la mitad de los años que acreditaba en su DNI. 
Hoy me la crucé en una vereda de Bernal. Yo iba, ella venía, nos cruzamos pero ella no me vio. Arrastraba un carrito de esos que son como un bolso con ruedas, seguramente vendría de hacer compras. Pasos lentos, desconfiados, vestía un sacón que parecía pesarle más que los años. Completaba con unos anteojos negros, redondos, que le cubrían casi toda la cara, el efecto era como si fueran ojos de un insecto gigante. Pese a estos lentes exagerados, ella se veía frágil, muy pequeña, casi liviana, con su espalda vencida moldeando una sufrida curva en el viejo saco. Delicada, liviana, quizás inestable, tal vez quebradiza. Con tanta ropa y anteojo, apenas si pude ver una porción de su cara, también empequeñecida por el paso del tiempo. Como si se hubiera arrugado hacia adentro, todo su cuerpo apocado, excepto la nariz que sobresalía altiva, inconfundible y perpetua, como si estuviera tallada en piedra.
Nos cruzamos en un pasaje que la vereda se hace estrecha, le hice lugar y pasó a menos de un metro. Yo la reconocí al instante, y me quedé parado, esperando que pase, pero ella no me vio, o no me reconoció y siguió su camino cauteloso sin siquiera dedicarme una mirada.

Cuando la magra silueta se alejó un par de pasos, supe que la vida me estaba dando una chance para encontrarla y hablarle, muy posiblemente la última oportunidad. Un último encuentro. Cómo reaccionaría ella luego de tantos años? Feliz? Emocionada? Enojada? Resentida? Indiferente?

Tampoco sabía qué decirle, ni siquiera recordaba la última vez que nos habíamos visto.
En cualquier caso, la tenía a un metro, el milagro estaba sucediendo y se alejaba lentamente, El desenlace estaba en mis manos, el universo había hecho lo suyo, ahora me tocaba hacer mi parte.
Tomé aire y avancé tras la mujer mientras calculaba a la velocidad del rayo cuántos años tendría, pero desistí antes de llegar a los diez metros, antes de contar setenta y tres años. No, no era una buena idea, las cosas estaban así por algún motivo.

Nuestra separación también había tenido un momento, un motivo disparador y concreto. Yo había dejado de ver a esta mujer para empezar otra historia con la que sería mi esposa, la madre de mis hijos y artífice de mi familia. Dejar de verla a Marta fue el precio pagado para formar mi familia, aunque no creo que le importara demasiado.
Veinticinco años sin ver a Marta. Un encuentro no iba a cambiar nada, lo mejor era pasar otros veinticinco años antes de esperar otro milagro.

Dejar todo como estaba, aunque no fuera una actitud muy honorable.

Me detuve y me quedé mirándola, enclenque, haciendo equilibrio inestable sobre la vereda rota, arrastrando el carrito en cámara lenta, cada vez más alejada de los años en que su cuerpo vencía al tiempo.
Por algún motivo, me acordé de cuando mi vieja decía “vivir te mata”.

La vieja sabía.




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