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El jenga de la vida.

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27/10/2026

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Por Adrián Ochoa

Imagen de El jenga de la vida.
A mis ocho, nueve años, vi en la tele "Pink Floyd The Wall". Claramente no la entendía, pero esas tortuosas imágenes del rockero devenido jerarca militar junto a esos dibujos animados psicodélicos forjaron una forma de ver el mundo. Mi extraña forma. Luego vino "2001 odisea al espacio", que, lejos de entenderla, me produjo fascinación, al mirarla comprendía que ahí había arte, algo superior a mi alcance, algo que me movía, me aterraba y fascinaba. Cuando comencé a leer, los comics poblaban mis días, Batman, Superman, Spiderman, pero un día me compré Teniente Blueberry y descubrí al cowboy melancólico, existencial. De nuevo, había otra cosa, algo se gestaba. Alvar Mayor, Hellboy… Akira me dio la certeza de que una hoja dibujada podía ser el cine más exquisito. 

El arte me golpeaba, me arrastraba por el piso y me daba vida. Con la literatura, el coronel que no tenía quien le escribiera, comía mierda al final de su andar por Macondo, John Dos Passos me mostraba un poco del horror de la guerra y Erich Maria Remarque hacía volar una mariposa frente a un soldado muerto. En "Trainspotting" vi la juventud y el sentido constante del no future. Eran los 90, sabía lo que se venía.

La vida me fue enseñando que el arte era un compendio de ladrillos de un jenga hecho de sentimientos. Iba haciendo una torre que, algún día, se vendría abajo. Confío en que faltará mucho para eso e iré sumando nuevas maderitas para aumentar la altura del juego. 

Con mis pequeñas historias espero poner algún nuevo bloque o ladrillo, diría el viejo Pink, antes de enloquecer en algún futuro lector. 
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