Seguí explorando Diotima

← Volver al Blog

La voz del padre y el susurro

Dejar comentario (0)

01/11/2026

|

Por NoSoyElla

Imagen de La voz del padre y el susurro
En algún lugar de Praga, por ejemplo Franz —que detesta los ruidos— no puede escapar de la voz de trueno ni del andar castrense de su padre. En Londres, en otro tiempo, a la luz y al viento fresco de Bloomsbury, Virginia reclama independencia y cuarto propio. Son las dos imágenes que veo con más fuerza cuando trato de pensar cómo cierta literatura es esperada o cómo se le hace lugar. En una, irrumpe la voz del padre y lo invade todo, omnipresente. En la otra, aparece la necesidad de conquistar un espacio para no tener que susurrar. 

Para entender por qué esas postales aparecen cada vez que pienso en ciertos modos de esperar o anticipar un texto, visito viejos textos de la facultad. Para Aristóteles, por ejemplo, la mujer tiene facultad de razonar, pero carece de cualquier autoridad. Kant, más benevolente en apariencia, sentencia que lo bello es el ámbito femenino natural, circunscrito a la sensibilidad y el sentimiento. Las grandes empresas del entendimiento, por el contrario, parecen reservadas a los hombres. En suma: una larga tradición de subordinación intelectual y civil. 

Uso el tiempo presente de modo deliberado. Es que esa tradición no solo es ilustre, sino que además tiene autoridad. Que se la tilden de «antigua» no hace más que esconder su eficacia. Y aunque me molesta que estos viejos papeles vengan a perturbarme, me pregunto si es de esto de lo que quiero tanto hablar. Y no. Se trata más bien de la escritura. 

La voz del padre y el susurro son para mí dos modos de una expectativa —residuos—que decantan de aquella tradición. Para entendernos: no hablo de cómo escriben las mujeres, sino de cómo se espera que escriban. De lo que se supone que vamos a encontrar en sus libros incluso antes de abrirlos. De los varones ¿qué esperamos?: ¿La voz del padre? Quizá. Pero de nosotras por lo regular se esperan –como la suavidad de un susurro– experiencias del ámbito privado y la domesticidad de los vínculos.

Yo pensé que escribíamos con la inteligencia, con la imaginación, la sensibilidad (en el sentido de percibir y en el de sentir) y la experiencia. Nunca imaginé que el aparato reproductor pudiera hacer una diferencia. ¿No escriben, también, los queridos escritores varones desde el mismo lugar? Pues pareciera que no, a juzgar por ciertas expectativas que a veces preceden a los textos. 

No sé a ciencia cierta si la voz del padre –familiar al raciocinio y los tópicos universales– se espera tanto hoy en día de las plumas masculinas. Pero sí creo que cuando se habla de «literatura escrita por mujeres» (con malicia, no me digan) lo que se aguarda es un delicado susurro: la familiaridad con los vínculos al interior de la vida cotidiana. Y sobre todo lazos: filiales, amorosos o de otra índole. Sentimientos e –incluso– lo sentimental a secas. 

Como si ciertos territorios de la experiencia humana nos pertenecieran por naturaleza y otros nos fueran ajenos. Y no es que esos territorios sean menores. Lo que me incomoda es que se los espere de nosotras como un destino. ¿Dirán que las hormonas son tan categóricas como para dividir la experiencia humana de la escritura en dos aguas? ¿Sí? Bueno, ya saben de dónde viene esa tradición.

De cualquier manera, escribir es hermoso. Cada quien escribe lo que se le canta, lo que puede o lo que le dictan los astros. Y no se trata de negar las diferencias –que son tantas como quienes escriben. 

Ahora: si hubiera que esperar, si fuera cierto que hay una expectativa previa a la lectura, que no sea una expectativa sexista a priori. Por favor.

Deseemos historias: asombrosas, irónicas, lúdicas, inteligentes, sensibles, que nos asalten o nos hagan preguntas, que nos entretengan y encandilen. Historias escritas con las hormonas, sí, y con todo el cuerpo.
Conversación

Dejar un comentario

Los comentarios se publican después de ser aprobados por Ediciones Diotima.

Comentarios publicados (0)

Todavía no hay comentarios publicados.