Escribir en el caos de un día soleado
Me senté en el cordón de la vereda a ver qué pasaba. Para algunos, esto podría ser holgazanear. Para otros, es tratar de encontrar ese punto ciego de la escritura: la contemplación. Es el intersticio entre la admiración o el espanto sobre la realidad y la articulación de trama, personajes, y desventuras.
De todas formas, no es sencillo observar el vértigo del mundo desde un punto fijo; menos que menos desde el presente escurridizo. Hoy en día todo se mueve a una velocidad inaudita. El caos nos rodea, y no nos damos cuenta. Un perro torea a otro que pasa cerca, un hombre atildado camina rápido hacia la oficina para acrecentar desbocadamente el lucro sin pensar en las consecuencias, la panadera le sopla las moscas a los vigilantes de ayer y los vuelve a guardar bajo el vidrio, un encargado tarda un milenio en barrer la vereda para ganar tiempo hasta el horario de almuerzo, resuena un cuchicheo que enuncia que no aprendimos nada del paso de la Primera Guerra Mundial y que tanto Japón como Europa quedaron devastados. Entretanto, se me cruza por la cabeza que el gobierno actual de Marcelo Torcuato de Alvear exagera y que no somos esa potencia que nos quieren hacer creer.
A esa maraña se suma una novedad. Hay una creciente desconexión. Cada vez se saluda menos por la calle, cada vez se corre más sin un norte, cada vez se menosprecia más el ocio, cada vez hay menos charlas superfluas. Tal vez, ahora en 1925, en este confín del mundo que es Argentina, no repercuta demasiado. Pero en un futuro seguramente alguien lo capitalice. Ojalá me equivoque.
Más allá de eso, los árboles siguen cimbreando indiferentes, el sol enarbola su distinción en cada alba, y la vieja sigue preparando tortas fritas y sonriendo bonachonamente cuando están listas.
Ante esto, quizá prevalezca una perspectiva que se fragüe en el papel y que sea un comienzo que emocione.
De todas formas, no es sencillo observar el vértigo del mundo desde un punto fijo; menos que menos desde el presente escurridizo. Hoy en día todo se mueve a una velocidad inaudita. El caos nos rodea, y no nos damos cuenta. Un perro torea a otro que pasa cerca, un hombre atildado camina rápido hacia la oficina para acrecentar desbocadamente el lucro sin pensar en las consecuencias, la panadera le sopla las moscas a los vigilantes de ayer y los vuelve a guardar bajo el vidrio, un encargado tarda un milenio en barrer la vereda para ganar tiempo hasta el horario de almuerzo, resuena un cuchicheo que enuncia que no aprendimos nada del paso de la Primera Guerra Mundial y que tanto Japón como Europa quedaron devastados. Entretanto, se me cruza por la cabeza que el gobierno actual de Marcelo Torcuato de Alvear exagera y que no somos esa potencia que nos quieren hacer creer.
A esa maraña se suma una novedad. Hay una creciente desconexión. Cada vez se saluda menos por la calle, cada vez se corre más sin un norte, cada vez se menosprecia más el ocio, cada vez hay menos charlas superfluas. Tal vez, ahora en 1925, en este confín del mundo que es Argentina, no repercuta demasiado. Pero en un futuro seguramente alguien lo capitalice. Ojalá me equivoque.
Más allá de eso, los árboles siguen cimbreando indiferentes, el sol enarbola su distinción en cada alba, y la vieja sigue preparando tortas fritas y sonriendo bonachonamente cuando están listas.
Ante esto, quizá prevalezca una perspectiva que se fragüe en el papel y que sea un comienzo que emocione.
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