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ELIAS DEMIAN PEREZ 15/10/2026 · 18:52

Comparto uno de mis cuentos: No pude soltar el bisturí

-No pude soltar el bisturí-

La sala de autopsias del Hospital Municipal olía a formol, a óxido húmedo y a carne que ya fermentada. Los tubos fluorescentes zumbaban con un sonido constante y eléctrico. Afuera llovía con esa insistencia fina que no moja del todo. Adentro solo se oía el goteo irregular de una canilla que nadie cerraba y el lejano zumbido de la cámara frigorífica.

Facundo Ríos se ajustó los guantes de látex por quinta vez. Eran las 2:39 de la madrugada. El técnico de turno había pedido franco a última hora y el jefe nunca aparecía después de las once. Solo él, la grabadora digital y el cuerpo tendido bajo la luz blanca.

El cadáver se llamaba Héctor Ledesma. Cuarenta y tres años. Se había tirado desde el sexto piso de un edificio en construcción. El impacto le había hundido el cráneo del lado izquierdo y le había reventado el abdomen dejando un desgarro por el que asomaban asas de intestino. Aun así, el torso estaba lo bastante entero para una autopsia completa. Facundo lo miro más de lo necesario. Había algo en la boca entreabierta que le resultaba inquietante, como si el hombre hubiera sonreído en el último instante.

Encendió la grabadora. La lucecita roja se encendió.

—Hora 2:41. Inicio de autopsia número 47 del año. Cuerpo de Héctor Ledesma, masculino, caucásico, aproximadamente 1,78 metros. Causa aparente de muerte: politraumatismo por precipitación desde altura.

Tomó el bisturí. La hoja brilló un segundo. Apoyó la punta en el hueco del cuello y trazó la primera línea de la Y invertida. La piel se abrió con esa facilidad húmeda y resistente de los cuerpos que llevan más de doce horas muertos. Debajo apareció la grasa amarillenta, espesa, casi mantecosa, y después el músculo rojo oscuro. El olor a grasa y sangre vieja se le metió en la nariz más denso y personal que nunca.

Cuando apoyó la sierra circular sobre el esternón, el cuerpo habló.

La voz no fue un gemido ni un estertor. Fue clara, grave, perfectamente articulada, como si el hombre estuviera sentado frente a él en una consulta.

—Duele menos de lo que pensé.

Facundo se quedó paralizado con la sierra en el aire. El motor seguía zumbando. Miró la cara del cadáver. Los ojos estaban abiertos. No opacos ni nublados. Limpios. Grises. Lo miraban sin parpadear.

El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.

—¿Qué…?

—Seguí —dijo el muerto con calma casi amable— Todavía no llegaste a lo importante. Estás apenas en la superficie.

Facundo dio un paso atrás. La sierra se le resbaló y cayó al suelo con un ruido metálico demasiado fuerte. Intentó llegar a la puerta de doble hoja. Cuando giró el picaporte sintió un tirón brutal en la muñeca derecha. Miró hacia atrás.

El brazo del cadáver se había levantado. Los dedos rígidos y helados le rodeaban la muñeca con una fuerza imposible. Le apretaban el hueso hasta casi quebrarlo. Las uñas sucias le rompían la piel.

—No te vayas —dijo Héctor— Si te vas ahora, empiezo yo. Y no voy a ser prolijo. Voy a usar los dientes si hace falta.

Facundo sintió un sabor metálico en la boca. Volvió a la mesa porque no tenía opción. El brazo lo soltó solo cuando estuvo otra vez a su lado. Un hormigueo frío, preciso se quedó instalado en los dedos y empezó a subir.

Con manos temblorosas recogió la sierra. La encendió. El ruido llenó la sala como un insecto furioso. Empezó a cortar el esternón. El hueso crujía y saltaba en astillas que se pegaban al delantal. El olor a tuétano caliente y polvo de hueso se mezcló con el formol hasta volverse casi sólido.

Héctor hablaba sin pausa:

—Ese sonido es el de mi pecho abriéndose. Se siente como si me partieran el centro del cuerpo con un hacha oxidada. No es exactamente dolor. Es una presión enorme que no debería existir porque ya no tengo sistema nervioso… pero existe igual. El cuerpo recuerda cómo duele, aunque el cerebro esté apagado. Seguí. Más profundo.

Facundo separó las dos mitades del esternón con los separadores. El pecho se abrió con un chasquido húmedo y profundo. Adentro estaban los pulmones, el corazón, el mediastino. Un coágulo grande y oscuro flotaba entre las costillas rotas.

—Ahora cortá el saco pericárdico —ordenó Héctor— Quiero sentir cómo me sacás el corazón. Quiero saber exactamente qué se siente perderlo mientras todavía puedo hablar.

Facundo negó con la cabeza. El hormigueo subió por los antebrazos y tomó el control de sus manos. Levantó el bisturí aunque no quería. Cortó el pericardio. El corazón apareció rojo oscuro, hinchado, con las venas engrosadas.

Héctor soltó un suspiro largo, casi de placer.

—Ahí está. Mi bomba. Córtalo de las arterias. Despacio. Quiero cada segundo. Quiero registrar cómo se corta el último vínculo.

Facundo cortó la aorta, las venas cavas, las arterias pulmonares. Cada corte produjo un sonido grueso, como cable de alta tensión. El corazón quedó libre en su mano. Pesaba más de lo que recordaba. Parecía latir, aunque sabía que no.

—Levántalo. Mostrámelo.

Lo levantó. Héctor lo miró sin parpadear. Una gota de líquido oscuro resbaló por el borde del pecho y cayó al suelo.

—Se ve más chico desde afuera. Más vulnerable. ¿Cuánto pesa?

—Trescientos ochenta gramos.

—Anótalo. Anótalo todo. No quiero que se pierda ni un gramo de lo que fui.

Facundo dictó el peso a la grabadora con voz quebrada. Después extrajo los pulmones uno por uno. El derecho estaba lacerado por costillas rotas; el izquierdo lleno de sangre. Al apretarlos salió un líquido rosado y espumoso que le manchó el delantal hasta las rodillas. El olor se volvió casi insoportable.

—Ese líquido es sangre mezclada con aire residual —dijo Héctor— Se siente como si me vaciaran por dentro con una cuchara. Cada hueco que dejás se llena de un frío que no es de la cámara. Es otro frío. Más viejo. Más personal. Como si algo entrara a ocupar el lugar que vos acabás de vaciar.

Facundo abrió el abdomen. Sacó el hígado, el bazo en pedazos que se le resbalaban entre los dedos, los riñones, los intestinos. Cuando llegó al estómago, Héctor pidió:

—Abrilo. Quiero ver qué comí antes de tirarme. Quiero recordar el sabor por última vez.

Facundo cortó la pared gástrica. El olor ácido y podrido golpeó como una bofetada. Adentro había arroz, trozos de carne, pan blanco hinchado.

—Asado del domingo —dijo Héctor con una sonrisa torcida que no debería poder hacer— Mi mujer cocina bien. Lástima. Cortá más profundo. Quiero el duodeno también. Quiero ver hasta dónde llegó la comida antes de que yo decidiera que ya no tenía sentido seguir.

Facundo se apoyó en el borde de la mesa. Las piernas le flaqueaban. El hormigueo ya le había llegado a los hombros.

—¿Por qué me estás haciendo esto?

—Porque alguien tiene que terminar el trabajo. Y porque me gusta. Sentir cómo me desarman pieza por pieza mientras todavía puedo hablar es más íntimo que cualquier cosa que hice mientras estaba vivo. Más íntimo que tocar a mi mujer. Más íntimo que tirarme del sexto piso.

Facundo intentó huir otra vez. Dio cinco pasos hacia la puerta. El cuerpo se incorporó de la cintura para arriba con un crujido horrible de costillas y vértebras. El pecho abierto se cerró solo, como una cremallera de carne y grasa, y volvió a abrirse con un sonido húmedo cuando, obligado por el hormigueo que ahora controlaba sus brazos, regresó a su lado. No había escape.

Continuó. Extrajo la vejiga, la próstata, los testículos. Héctor narraba cada sensación con precisión cruel:

—Cuando cortás el cordón espermático se siente un tirón que llega hasta la base de la columna. No debería doler, pero duele igual. El cuerpo guarda memoria. Más despacio. Quiero sentirlo completo.

Después vino la cabeza. Facundo abrió el cuero cabelludo y lo replegó. Usó la sierra. El olor a hueso quemado y tuétano caliente llenó la sala. Cuando levantó la calota, el cerebro apareció hinchado, con un hematoma negro enorme filtrado entre las circunvoluciones.

—Sácalo —susurró Héctor— Quiero ver la cosa que pensaba en tirarme. La cosa que decidió que el sexto piso era suficiente.

Facundo cortó la médula y levantó el cerebro. Mil trescientos gramos.

—Ahí está todo lo que fui. Ahora no es nada. Solo peso. Solo gramos.

El reloj marcaba las 4:51. El cuerpo estaba vacío. Órganos en bandejas. Sangre y coágulos en el suelo. El hormigueo le había llegado al cuello y a la cara.

Héctor habló más bajo, casi íntimo:

—Ahora viene la parte que más me interesa. La reconstrucción.

—¿Qué? —logró preguntar Facundo.

—Vas a volver a ponerme todo adentro. En el mismo orden. Y después vas a coserme. Esta vez voy a sentir cómo me cierran. Cada puntada. Cada centímetro de hilo. Cada nudo.

Las manos de Facundo se movieron solas. Colocó el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado, los intestinos enrollados. Cada vez que introducía algo, Héctor soltaba un sonido gutural a medio camino entre el placer y el sufrimiento, un sonido que no debería salir de una garganta sin aire.

Después tomó la aguja curva y el hilo grueso. Empezó a coser. La piel estaba fría y resistente. Cada vez que la aguja atravesaba la carne, Héctor hablaba:

—Esa puntada, justo encima del corazón. Se siente como un clavo oxidado. La siguiente, más abajo. Más fuerte. Tironeá. Quiero que quede bien cerrado. Ahora el abdomen. No apures. Quiero cada una. Quiero sentir cómo me devuelven la forma.

Facundo cosió durante más de una hora. El hilo se le enredaba. El sudor le caía sobre el cuerpo abierto. Cuando terminó, el cadáver estaba otra vez entero, lleno de puntos negros irregulares. El olor a formol, sangre y grasa no se iría nunca de la sala ni de su memoria.

Héctor sonrió con los labios solo a medias cosidos. La sonrisa era imperfecta, torcida, horriblemente íntima.

—Ahora sí. Estoy completo otra vez. Pero no del todo.

—¿Qué falta?

—Vos.

Facundo retrocedió hasta chocar con la pared de azulejos fríos. El hormigueo le había paralizado casi por completo.

—No.

El cadáver se sentó en la mesa. Las costillas crujieron. Los ojos grises brillaron bajo la luz fluorescente con una intensidad que no pertenecía a un muerto.

—Llevás años abriendo cuerpos. Nunca te preguntaste cómo se siente estar del otro lado. Hoy lo vas a saber. Y yo voy a ser el que tome notas. Voy a ser prolijo. Voy a ser lento. Voy a hacerte sentir cada gramo.

Las luces parpadearon tres veces. Cuando se estabilizaron, Facundo ya no estaba de pie. Estaba acostado sobre la mesa de acero. Desnudo. Con los brazos sujetos por las mismas correas de cuero que él había ajustado cientos de veces. El frío del metal le quemaba la espalda. Intentó moverse y no pudo.

Héctor Ledesma se puso de pie a su lado. Tenía el bisturí en la mano. La hoja brillaba limpia.

—Hora 5:34. Inicio de autopsia número 48 del año. Cuerpo de Facundo Ríos, masculino, aproximadamente 1,80 metros. Causa de muerte: todavía no determinada. Pero vamos a encontrarla juntos.

Facundo quiso gritar. La boca se le abrió, pero no salió sonido. Algo le había cosido los labios desde adentro con puntos invisibles y perfectos. Solo pudo mirar.

El bisturí bajó.

La primera línea se abrió sobre su pecho con precisión absoluta. Sintió la piel separarse, la grasa amarilla, el músculo rojo. Y la voz de Héctor, clínica, casi paternal, narrando cada segundo justo al lado de su oído:

—Duele más de lo que pensaste, ¿verdad? No te preocupes. Todavía no llegamos a lo importante. Esto recién empieza. Y tenemos todo el tiempo disponible.

La sierra se encendió.

El ruido llenó la sala otra vez.

Y la autopsia, no tuvo final.
2 respuestas
Federico Fascio15/10/2026 · 19:44
Muchas gracias por compartirlo. Tiene un no sé qué y es súper original.
Elias Perez15/10/2026 · 20:25
Gracias! Me alegra que le gustará. Busque dar incomodidad y tratar de plasmar lo que ví durante mi estancia laboral como personal forense.