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Federico Fascio 15/10/2026 · 20:50

El escondite

Joven no era. Cuarenta y pico, ponele. Cortina tejida y un geranio. Ventana del tercer piso. Le da todo el sol, por eso la veo desde mi departamento. Nada bonita, ni ella ni el geranio, algo mustio. Pero la mujer tiene cierta melancolía que conmueve. No. Más bien algo que comparto: es empatía.

Escucho música y termino en la compu un par de papers. Ella levanta la vista por encima del geranio. Mira, pero no me ve. Estoy en la oscuridad. Lo que hay en mi departamento es despreciable: cajas amontonadas hace meses, desde la mudanza. Caca en el arenero del gato. Papeles y libros en todos lados, en la mesa y en el piso. ¿Y si salgo al balcón? Tengo una terraza diminuta, pero suficiente para una mesa, una reposera y muchas plantas (si quisiera). Y no quiero. A lo sumo, está la bici, un motor viejo de moto y mis cajas con herramientas. Si salgo a ese balcón, mejor me olvido de saludarla. ¿Y qué? ¿Todo tiene que ser perfecto en esta vida?

Para ella, daría la impresión de que sí. Tiene el pelo corto, con mechas rubias, recogido con hebillas detrás de las orejas. Como una nena, podría pensar yo. Pero nena no es. El color de la blusa no se me revela de entrada: podría ser azul o bordó o gris. Algo apagado. ¿Qué hace? A veces me da la impresión de que teje. Pero eso es imposible. Es la presencia de la cortina la que irradia su influencia, y la de los objetos que la rodean: la maceta triste, la flor boqueando sol, las hojitas breves. Capaz que lee alguna cosa. Eso sí podría ser, porque nunca levanta la vista. Hasta podría salir a mi terraza condenada y hacerle morisquetas. No tendría ni una pizca de sus ojos marrones. Son marrones porque sí, porque una mujer semi oculta tras una ventana no tiene los ojos claros. Digo. Qué se yo. Para mí, no. ¿Y qué podría leer? Una revista de mujeres, no da. Una de labores, menos en estos tiempos. ¿Qué leen las mujeres? ¿Qué hacen cuando no trabajan ni estudian ni maternan o cuidan niños?

Sé poco de esas cuestiones. Cómo consentirlas, engrupirlas, adularlas y dejarlas, sí sé. No me enorgullezco, aunque de mi soltería sí. Lo primero es como un destino, nada más. Un sino de hombre solo que quiere seguir igual. ¿Y entonces por qué la mirás, chambón? La miro porque ella se presta a esa mirada. Lo sé perfectamente. No me mira, pero se presta. Se ofrece, me regala así su cuerpo menudo veteado por el sol. ¿Y si levanta la mirada cuando escribo? Ese pensamiento me incomoda. ¿Ella me observa?

Desde que tuve esa idea, no escribo tranquilo. Vigilo la ventana. Cada tres minutos. Ella se acomoda en la silla, mueve los brazos (quizá tiene un libro en la falda, el tejido, una carta), abre la cortina. Yo me hundo en el teclado y la miro de costado sin querer reconocerlo. Escribo con la nariz pegada al espaciador, el cuello dolorido, la nuca torcida cada vez que doy vuelta la cabeza para verla.

Y un buen día me encuentro escribiéndole. Precisamente eso: una carta.

Estimada señora lectora, me place verla diariamente en su ventana. Le escribe el periodista oculto del departamento de enfrente. El mismo que tiene un taller mecánico en la terraza. No quiero importunarla, pero ¿qué hace? ¿Lee? ¿Teje? ¿Usted también escribe cartas? Le confieso que puedo ver el sol en los mechones de su pelo. Es lo más alegre del conjunto, porque su maceta inspira pena. Como nunca veo sus manos –ni sus ojos, lo cual es triste– deduzco que le importa su quehacer, porque luce concentrada. ¿Mira fotos? ¿Un álbum antiguo, de la infancia? Hace meses que la observo. Disculpe la arrogancia de estar en las sombras. Tengo así el privilegio de mirar sin someterme a su escrutinio. ¿Qué diría usted de alguien como yo: un señor entrado en años, fumador empedernido, con gustos automovilísticos y profesión desacreditada? Es mejor que yo la vea desde esta oscuridad. Una porque la luz me fastidia –soy como el gato– y otra porque ni siquiera sé si disfruto de los espejos, que son como la cópula, usted sabe. La imagino lectora de Borges. Perdone si en cambio prefiere Cosmopolitan. Aunque su quietud, la mansedumbre con que sus brazos acompañan el movimiento oculto de sus manos y el sol –la forma en que la luz se desliza en su pelo– me dan la impresión contraria. Usted lee a Puig, a Onetti. Es una discreta admiradora de Orozco. No me diga. No quiero desilusionarme...

Es para divertirme, digo para mis adentros. Entonces paro y dejo la mano dormida entre las teclas. Abandono la carta y miro hacia su ventana. Ella ha dejado la silla y la imagino entre los muebles. Quizá toma café o pone música. Y aunque sé que esto es un juego para descansar de mis asuntos –y de la vigilancia– hago inesperados planes para entregar la carta.

Podría cruzar la calle una mañana y dársela al portero de su edificio. Para el tercero A, diría –los internos siempre son B– y le dejaría el sobre. El hombre haría maniobras con la manguera hasta que el papel se ocultara bajo la costura de su pantalón. O no. En la verdulería de al lado podría dejar la carta dentro de un libro, el libro en un paquete y el paquete en las manos de la señorita que atiende con las uñas sucias de tierra. No va. ¿Y si toco el portero?

No me disgusta del todo esa idea. Tocar el tercero A es, primero, escuchar su voz. Molesta, quizá, por haber sido distraída de sus quehaceres, pero su voz al fin. Un dato más para añadir a la escuálida lista de sus dones. También podría ocurrir que bajara la escalera. Entonces vería primero sus zapatos: ¿modestos o atrevidos? Una mujer se define por el temperamento de sus zapatos. Las piernas vendrían a acompañar esa cualidad del calzado. Serían pantorrillas provocativas, muslos hermosos. ¿Falda o pantalones? ¿Un short y una blusa blanca suelta?

Me interrumpe el timbre de mi departamento impresentable. El portero está desconectado –se robaban el bronce cada dos por tres– y nuestro portero está de vacaciones. Para decirlo rápido, es el edificio del pueblo: cualquiera puede ir y venir a gusto por los pasillos de Olazabal 542. Nueve pisos con orientación sur. Para ser sincero, el ruido me deja perplejo. Es una chicharra antigua que no he cambiado porque 1) nunca viene nadie y 2) me gustan las cosas ásperas e irritantes.

Entonces compongo un aire de fastidio, como si alguien hubiera interrumpido una parrafada ilustre de forma imperdonable. Me estiro el pelo revuelto y meto la camisa debajo del pantalón.

Abro la puerta y la veo.
Tercero A me mira con sorna y –como eso si fuera poco– me entrega su carta.
2 respuestas
Jer15/10/2026 · 21:27
Pero qué cuento más entretenido.
Excelente. Gracias, Fer.
Marcos16/10/2026 · 10:44
Me enganchó desde el principio, muy entretenido, y te tiene esperando saber que mas va a pasar. El final? Lo mejor!!