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Jer 31/10/2026 · 03:55

La voz del padre y el susurro

En algún lugar de Praga, por ejemplo, Franz —que detesta los ruidos— no puede ignorar la voz de trueno ni el andar castrense de su padre. Y en Londres, en otro tiempo, a la luz y al viento fresco de Bloomsbury, Virginia reclama independencia y un cuarto propio. Son las dos imágenes que veo con más fuerza cuando trato de pensar cómo cierta literatura es esperada o cómo se le hace lugar. En una, irrumpe la voz del padre y lo acapara todo. En la otra, aparece la necesidad de conquistar un espacio para no tener que susurrar.

Para entender por qué esas postales aparecen cada vez que pienso en ciertos modos de legitimar una escritura, visito viejos textos de la facultad. Para el querido Aristóteles, por ejemplo, la mujer posee la facultad de deliberar, pero carece de autoridad. Para Kant, más benevolente en apariencia, el ámbito femenino natural es lo bello, la sensibilidad y el sentimiento, mientras que las grandes empresas del entendimiento parecen reservadas a los hombres. En suma: una larga tradición de subordinación intelectual y civil.

Uso el tiempo presente de modo deliberado. Es que esa tradición no solo es ilustre, sino que además tiene autoridad. Que se la tilde de «antigua» no hace más que esconder su eficacia.

Y aunque me molesta que estos viejos papeles vengan a perturbarme, me pregunto si es de esto de lo que quiero tanto hablar. Y no. Se trata más bien de la escritura.

La voz del padre y el susurro son para mí dos modos de una expectativa —un residuo— que se apoya en aquella tradición cada vez que se escucha hablar de «literatura escrita por mujeres». Para entendernos: no hablo de cómo escriben las mujeres, sino de cómo se espera que escriban. De lo que se supone que vamos a encontrar en sus libros incluso antes de abrirlos.

Yo pensé que escribíamos con la inteligencia, con la imaginación, la sensibilidad (en el sentido de percibir y en el de sentir) y la experiencia. Nunca imaginé que el aparato reproductor pudiera hacer una diferencia. ¿No escriben, también, los queridos escritores varones desde el mismo lugar? Pues pareciera que no, a juzgar por las expectativas que preceden a los textos.

No sé a ciencia cierta si la voz del padre, familiar al raciocinio y los tópicos universales, se espera tanto hoy en día de las plumas masculinas. Pero sí creo que de la «literatura escrita por mujeres» se espera todavía el susurro. La familiaridad con los vínculos filiales, amorosos o de otra índole, con los sentimientos e incluso con lo sentimental. Como si ciertos territorios de la experiencia humana nos pertenecieran por naturaleza y otros nos fueran apenas concedidos. Y no es que esos territorios sean menores. Lo que me incomoda es que se los espere de nosotras como un destino.

¿Dirán que las hormonas son tan categóricas como para dividir la experiencia humana de la escritura en dos aguas? ¿Sí? Bueno, ya saben de dónde viene esa tradición.

De cualquier manera, escribir es hermoso. Cada quien escribe lo que se le canta, lo que puede o lo que le dictan los astros. Y no se trata de negar las diferencias, que son tantas como quienes escriben. Pero si hay que esperar algo, si es cierto que hay una expectativa previa a la lectura, que no sea una expectativa sexista a priori.

Deseemos historias: asombrosas, irónicas, lúdicas, inteligentes, sensibles, que nos asalten o nos hagan preguntas, que nos entretengan y encandilen.

Historias escritas con las hormonas, sí. Pero con todo el cuerpo.
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