La luz queda
Arturo es fotógrafo y viaja con su hija, Romina, a Buenos Aires para realizarse unos estudios. Está muy enfermo. La preocupación de Romina se acentúa cuando su padre desvía el coche, apenas iniciado el viaje, con la excusa de una obligación previa. Va en busca de su imagen definitiva, la última gran obra. En ese viaje, Romina se encontrará con la revelación de un Arturo que desconocía, o que preteriría desconocer.
Escrita con la estructura de un prisma, las cuatro voces de La luz queda hablan entre ellas sin escucharse. Segundas personas imposibles e impa-sibles, que van encrespando una trama cada vez más insoportable.
Alejandro Pereyra trabaja el lenguaje de esas voces, juega con destreza con los tonos y los contrastes, y maneja también la voz del narrador aventurándose a lo ominoso: un caleidoscopio que, al final de esta novela breve, revela el rostro de lo que no puede ser dicho.
Escrita con la estructura de un prisma, las cuatro voces de La luz queda hablan entre ellas sin escucharse. Segundas personas imposibles e impa-sibles, que van encrespando una trama cada vez más insoportable.
Alejandro Pereyra trabaja el lenguaje de esas voces, juega con destreza con los tonos y los contrastes, y maneja también la voz del narrador aventurándose a lo ominoso: un caleidoscopio que, al final de esta novela breve, revela el rostro de lo que no puede ser dicho.
Así escribe:
Una manada de elefantes invisibles, dijiste en voz alta
y entonces pude ver nítida la figura en el paisaje: esos dóci-
les pastos barridos por el viento, los elefantes arrasando el
pastizal, disolviendo luego el gris de sus pieles en el del día
nublado. En un principio pensé que solo pretendías orinar
al detenerte en la banquina así, de improviso, cuando to-
davía nos faltaba casi todo el viaje. O que te dolía. La po-
sibilidad del dolor repentino me preocupó bastante. Pero
no. Te quedaste parado mirando el horizonte, esperando
a que yo también bajase del auto para que te escuchara
decir esa frase y nada más. Después, cuando vi que te de-
tenías antes de volver a entrar al coche, creí que era para
agregar algo, algún comentario cómplice, pensé, pero solo
habías tropezado contra la trompa del auto al bordearlo.
Es por la columna, me informabas a veces cuando te ibas
un poco para el costado al caminar. Lo anunciabas como
un reproche, como si los demás fuesen responsables de
la imprevisibilidad de tus pasos. Para disimular, esperé
unos segundos al borde de la ruta, disfrutando del baile de
los pastos hasta que los elefantes se evaporaran del todo.
ALEJANDRO PEREYRA: cineasta y fotógrafo. Ha realizado la dirección de fotografía de varios largometrajes a nivel nacional y regional. Publicó el libro de cuentos El peor de los desiertos (Baltasara Editora, 2012) y, un tiempo después, la novela breve Todos los fríos van al zar (El Pasquín editorial, 2016). En el año 2022 publica en Editorial Casagrande su segundo libro de cuentos, Seguro estoy del viento. En el 2024 reedita Todos los fríos van al zar, en esta ocasión seguida del texto Algunas consideraciones sobre literatura moderna (Neide Abay). Es crítico y analista de cine. Actualmente prepara un libro de ensayo sobre ciertas características manieristas en el cine argentino más reciente.
ALEJANDRO PEREYRA: cineasta y fotógrafo. Ha realizado la dirección de fotografía de varios largometrajes a nivel nacional y regional. Publicó el libro de cuentos El peor de los desiertos (Baltasara Editora, 2012) y, un tiempo después, la novela breve Todos los fríos van al zar (El Pasquín editorial, 2016). En el año 2022 publica en Editorial Casagrande su segundo libro de cuentos, Seguro estoy del viento. En el 2024 reedita Todos los fríos van al zar, en esta ocasión seguida del texto Algunas consideraciones sobre literatura moderna (Neide Abay). Es crítico y analista de cine. Actualmente prepara un libro de ensayo sobre ciertas características manieristas en el cine argentino más reciente.
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