Restos del verano
En Restos del verano, la pérdida es algo constante. A orillas de la costa argentina, un espacio tan vasto como desigual, convergen historias que se entrelazan o apenas se rozan. Turistas de paso, trabajadores golondrina, familias alegres o agobiadas por la quietud: todos forman parte de un mosaico donde el ocio y el trabajo marcan las distancias y también los encuentros.
La novela está escrita desde el fragmento, retazos de un verano que debe reconstruirse. La costa, con su ruido constante y su horizonte en apariencia inagotable, se convierte en testigo de esos vínculos fugaces.
Restos del verano escarba en la memoria y en los espacios compartidos con un lenguaje preciso e inquietante. Revela así, cómo las vidas fragmentadas se cruzan y se sostienen en un territorio donde lo que se pierde define lo que fatalmente permanece.
La novela está escrita desde el fragmento, retazos de un verano que debe reconstruirse. La costa, con su ruido constante y su horizonte en apariencia inagotable, se convierte en testigo de esos vínculos fugaces.
Restos del verano escarba en la memoria y en los espacios compartidos con un lenguaje preciso e inquietante. Revela así, cómo las vidas fragmentadas se cruzan y se sostienen en un territorio donde lo que se pierde define lo que fatalmente permanece.
Así escribe:
Ese día no deberíamos haber ido a la playa. Hubiese sido
mejor vacacionar en las montañas, en algún pueblito
olvidado con plaza principal y sin ninguna laguna,
en el patio trasero de nuestra casa, o en cualquier otro lugar. No
hay noche en que no repase lo sucedido; sigo intentando encontrar
alguna explicación. Todavía me culpo por no haber visto las señales.
Eran claras, estaban ahí. Aun cuando el clima parecía dudoso, aun
cuando la primera ráfaga de viento me golpeó el rostro y sentí ese
repugnante olor a azufre, aun después de la llegada de las aguavivas,
nos quedamos en la playa.
Reviso los hechos. Los revivo pese al dolor. Todavía me culpo por lo que le pasó a Galia. Por no haberla sacado de ahí ni siquiera cuando comenzó el bullicio y la gente empezó a alborotarse. ¿Qué espantosa fuerza me mantuvo en el balneario? Teníamos quince días por delante y yo estaba terriblemente cansada; lo lógico hubiese sido volver al hotel.
Evoco las secuencias, el aspecto de la gente, las palabras, los olores, y todavía no termino de asimilar lo que pasó. Pero menos aún que le haya pasado a Galita. Que me haya pasado a mí. Ahora no sé cómo se sigue; la herida abierta arde y no hay día que no sea un tormento, una incógnita que no logro —por mucho que intento, no logro— responder. Después de ese verano cambió la dirección de mi vida. No es un cliché; es decir, ya no sé cómo continuar hacia adelante. Desde entonces debo volver hacia atrás, reconstruir lo que de aquel día persiste en mi memoria, aunque hayan querido confundirme con pastillas. Aunque las pastillas me confundan.
MARÍA BELÉN VÁZQUEZ (1989) es licenciada en Letras por la FFyL. Trabaja como docente, traductora y música. Coordina talleres de escritura y de composición de letras de canciones. Publicó los libros de poesía Un juego entre las sombras (Cronopio, 2021) y Los deberes y el despojo (Halley, 2023). Sus cuentos han sido incluidos en diversas revistas y antologías. Su tríada de cuentos Espejos ganó el primer premio en el Festival de Narrativa de Bahía Blanca "Discursos de lo íntimo". Restos del verano es su primera novela.
Reviso los hechos. Los revivo pese al dolor. Todavía me culpo por lo que le pasó a Galia. Por no haberla sacado de ahí ni siquiera cuando comenzó el bullicio y la gente empezó a alborotarse. ¿Qué espantosa fuerza me mantuvo en el balneario? Teníamos quince días por delante y yo estaba terriblemente cansada; lo lógico hubiese sido volver al hotel.
Evoco las secuencias, el aspecto de la gente, las palabras, los olores, y todavía no termino de asimilar lo que pasó. Pero menos aún que le haya pasado a Galita. Que me haya pasado a mí. Ahora no sé cómo se sigue; la herida abierta arde y no hay día que no sea un tormento, una incógnita que no logro —por mucho que intento, no logro— responder. Después de ese verano cambió la dirección de mi vida. No es un cliché; es decir, ya no sé cómo continuar hacia adelante. Desde entonces debo volver hacia atrás, reconstruir lo que de aquel día persiste en mi memoria, aunque hayan querido confundirme con pastillas. Aunque las pastillas me confundan.
MARÍA BELÉN VÁZQUEZ (1989) es licenciada en Letras por la FFyL. Trabaja como docente, traductora y música. Coordina talleres de escritura y de composición de letras de canciones. Publicó los libros de poesía Un juego entre las sombras (Cronopio, 2021) y Los deberes y el despojo (Halley, 2023). Sus cuentos han sido incluidos en diversas revistas y antologías. Su tríada de cuentos Espejos ganó el primer premio en el Festival de Narrativa de Bahía Blanca "Discursos de lo íntimo". Restos del verano es su primera novela.
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