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Tapa de Un lugar para no morir solo, de Bruno Reichert
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$ 18000 · Relatos

Un lugar para no morir solo

Bruno Reichert

"Un Lugar para no morir solo": un mundo rural o semirural que genera los mismos aromas y paisajes, aún cuando sus actores aparecen en resquicios. Se los ve desde la mirilla de la puerta, y el cuadro debe ser terminado con la imaginación del lector. Flannery O Connor decía en un ensayo de
1960: "Si asumimos como escritores que hay un orden que nos viene dado y un ser humano que se enfrenta a ese orden, a nosotros nos queda ser observadores y poner el entendimiento y la imaginación en función de suponer desenlaces. Yo no cuento la verdad, pero vi parte de esa Ley natural". Ese es el espíritu rector de este libro.
Así escribe: “Quién diría que detrás de esos cascarones de ladrillo y adobe hubo tanta vida”. O algo así le gusta decir a mi viejo, mientras ve que las ramas del duraznillo latiguean la fachada de esas casas deshabitadas. Comedido, aún estaciona el auto para ver si el molino sigue bien atado o para asegurarse de que no se hayan robado lo poco que queda de valor. Siempre falta algo. A la distancia, creo que el paisaje no cambió mucho, más allá de que los viejos del campo dicen que el cambio climático hace estragos. Pero esta historia de paisanos arranca bastante antes. Hoy, Laguna del Molle está en una de las rutas menos transitadas de la Provincia. Pero en esos años aún mantenía el movimiento de camiones que iban de la cordillera a la costa. También, el de la gente del campo que iba y venía de las estancias a los pueblos. Los álamos estaban menos famélicos y los tamariscos, con esa capacidad suya de crecer hasta sobre arena, se agitaban igual que lo hacen ahora. La familia Kostelac había venido de Croacia a mediados de la década del veinte y diez años después habían terminado de construir el hotel. El viejo Ivo duró, o más bien resistió, casi cuarenta años en la zona. Se suponía que siete años después sería el momento de María, su mujer. Ella no era, en realidad, tan vieja, pero en esa época las mujeres parecían decidir que era su obligación envejecer después de haber enterrado al marido que, como todo hombre, se desgrana mucho antes que la esposa. Sin embargo, algo salió mal.

Bruno Reichert nació en Puerto San Julián, Santa Cruz, a comienzos de 1988. Se crió entre lo rural y una versión muy pequeña del ambiente urbano. Como tantos otros estudiantes del interior, nunca terminó de irse de Buenos Aires. Es perio-dista, guionista y se dedica a la comunicación institucional.