Ediciones Diotima: búsquedas en el blog de Ediciones Diotima



WhatsAppWhatsApp    Foro Foro de amigos    Blog       YouTube    Revista   


Buscar en el Blog


Charlemos / VER BLOG / Catálogo abreviado / Más votados / Recomendados
Novela / Cuento / Poesía

Leer para resistir / Envía tu texto a este blog



ORCAS
Ramiro Cachile

El hombre está muriendo. La muerte es un lugar solitario. Todo lo que alcanza su vista es blanco. Todo lo que alcanzan sus oídos es artificial. Vuelve a cerrar los ojos. Vuelve a concentrarse en esto. El movimiento del mar: inevitable. Un bamboleo suave, constante. El mar duerme al sol. Uno a cada lado de la rueda del tractor. Flotan, espalda contra espalda. Sostienen sus cañas. No hay pique. Están desnudos. El agua les moja las nalgas. Hablan de las chicas del bar de anoche. Eran hermanas o eso entendieron. Quizás eran primas. Ellos querrían que fueran hermanas. Sienten que eso reforzará la historia, que eso la hará recordable.

No saben, no pueden saber. Son jóvenes. Los años degluten la memoria.

Una brisa llega desde la tierra. Una brisa y un murmullo, como un sollozo, como un lamento. En la costa, la gente grita: cien, doscientos, trescientos metros más allá. Entre ellos, entre ellos y el resto del mundo, se desgañitan las gaviotas. Se pelean por los peces. El viento no trae palabras, trae semillas de un lenguaje primitivo. Las rompientes. La tierra y el mar dialogan. Un matrimonio antiguo como las estrellas. Del otro lado, se forma una tormenta. Acaricia el cielo, se pliega al agua. En el horizonte, una línea brillante, fina, alargada, como el registro del monitor cardíaco. Una fosforescencia esencial. La frontera de todas las cosas. Se quedan en silencio. Las nubes del fondo se deshacen, como cortinas de vapor, como polvo de cenizas. Un paraíso imposible, una acuarela de grises, de electricidad. No pueden distinguir si el agua sube, baja o levita. Para ellos, todavía el sol.

Alguien le acaricia la frente, le dice que ya puede descansar, que todo va a estar bien.

Ellos disfrutan, sus pieles rojas, los pelos tostados, las antiparras sobre la cabeza. La corriente del Brasil gira bruscamente la rueda. El agua ahora es cálida. Empiezan a tambalear. La superficie se agita, pierden el control de sus cuerpos. Son parte de un todo, son nada en la nada. Guardan sus cañas. El mar respira géiseres, habla con silbidos, con gritos impulsivos. Islas de carne, negras y blancas, avanzan hacia el sur del mundo. Son diez jorobas, son cincuenta, cien; son miles. Se elevan, las más hábiles. Vuelan, bailan en el aire, el agua les resbala por el cuerpo como infinitas cascadas, caen. Siguen su camino. Migran.

Las más jóvenes delante, las cazadoras. Las más grandes detrás, las madres.

Ellos se agarran de la rueda, gritan, agitan las manos, agradecen a los dioses que ven. Una revelación, una epifanía. Ahora la tormenta está encima de ellos. La luz de la habitación parpadea. Después todo se apaga, todo se calma, como en un eclipse de sol, como un milagro incontestable.

 
¿Te gustó? Dale un Like 370



Tema del héroe
Luis Benítez

I.

Veo al héroe dormido a dos kilómetros de la redonda ciudadela. Dentro de ésta las mujeres especulan sobre la belleza del héroe y los hombres, temerosos unos, los otros desdeñosos, están inquietos por la necesidad de salir al campo, antes de la tarde, a recoger el ganado.

El héroe apoya las anchas espaldas en una palmera flexible, contra un rígido algarrobo, reposa extendido sobre la hierba. Cada tanto espanta de sí los insectos, para él lo Feroz, con la mano infinita de los sonámbulos, que nada aferran y en la nada duermen. En el sueño la mano tiene una clava mortífera; en ese mediodía, una cicatriz reciente.

Un hijo de la ciudadela por fin se anima y tuerce el camino hacia el río para no evitar la conocida planicie. Pero es apenas un valiente. No es un héroe. Éste tiene una piel de pantera y desde hace seis meses un caballo prestado. El valiente tiene cabras, techo, perros y pastores que empujan sus ovejas de sol a sol y una mujer de noche, preñada casi siempre. El valiente deja dátiles o trigo o maíz a diez metros del héroe. Traza un signo mágico en el aire. Al llegar a las puertas dirá que el otro es un gigante y que él le tocó la cara.

Allá en la ciudadela las viejas y los sacerdotes y los tontos habrán comenzado a hacer su trabajo con el héroe. Unos le habrán visto anunciado en unos nacimientos monstruosos o en un cometa que cayó más allá del horizonte. Otros, en la repentina distracción de la sangre, antes fluyente y exacta, de las jóvenes hijas.

Para contrarrestar la perturbadora presencia del héroe, un viajero dormido, tendrán que buscar lo Feroz, aterido de olvido en las imaginaciones enturbiadas por la sucesión de cosechas y sequías, antes, urgentemente, de que se pronuncie el alba. Porque si está el héroe tiene que estar lo siniestro para que todo siga en orden.

Alguien por fin recuerda la sombra ambulante del pantano, inventa la maravilla saliendo de un campo de rastrojos, alza un equilibrio furioso para la siesta del héroe. Otro asevera que ha visto lo mismo. Un tercero lo afirma con el mentón, muy convencido.

II.

El combate y el héroe se encuentran a la mañana siguiente. En la ciudadela rezan los que ahora saben de qué tenían que librarse desde la aparición del héroe. Y bendicen los aparentes truenos de ese valle vecino: son los golpes del héroe. Y la lluvia es la sangre de lo encontrado y siniestro, que brota de los cielos por su desusado tamaño. Se instala el momento alarmante de la calma: es que ha aflojado el héroe la violenta defensa que sucedió al ataque. El universo peligra. Peligran el atardecer, la tarde, las mañanas, el claro mediodía. Alguien trae un cabrito y de su cuello surge con la sangre la victoria del héroe.

Debe el héroe. Debe esa hacienda que todos comen de la pira elevada al regocijo y secundariamente como homenaje al dios padre del héroe, que inyectó a tiempo la sangre inmolada en el brazo vivo del héroe y dirigió la flecha, la maza, el cuchillazo. Donde se le asigne un escenario a la lucha, uno verá surgir caballos alados de lo vertido abundante; otro flores rarísimas que, asegura, allí no estaban antes. Un tercero verá en la escena el nacimiento prodigioso del tabaco. Pero el héroe debe. Eso es lo cierto, lo real, comprometido.

III.

Alguien ejerce el blindaje de un escudo. Otro recordó una cadena que iba cubriéndose pacientemente de herrumbre en un galpón de cereales. Alguno, todavía, confió sus preces a la luna de agosto, a Hécate, a la Gran Diosa Triforme, a la Madre. El héroe, fláccido el músculo y la frente batida por la fiebre traída de otras tierras, malsanas, se deja llevar en un sueño hasta la hoguera prevista en el centro mismo de la plaza, que también lo es del mundo. Como lo es en cada pueblo del mundo.

Demora tres días en morir y no es por descuido, sino por las recitadas virtudes del héroe. Un partido de la ciudadela se opuso tras la muerte del héroe y luego de la guerra campal, inmediata y legítima, hizo suyas las futuras cosechas, las ejecuciones consecuentes y el giro inmediato de la historia.

De las cenizas del héroe, mezcladas con boñigas y polvo, se alza un monumento que van a venerar los niños y los viejos con fervores diferentes y en épocas distintas.

IV.

El hijo del héroe nació un día perdurable. Moría aquel que juró en la ciudadela haber tocado la cara de su padre, la que resplandecía en una tarde olvidada. También el último jefe, cuyas manos cortadas referían la furia de una lucha difusa. Tiene el hijo del héroe las facciones entrevistas por encima del fuego y los miembros potentes y una fiebre palúdica que verifica su origen. Su madre, la apedreada por una larga cadena de manos que se pasaron bodoques, proyectiles y piedras señaladas, apenas deja el mundo es colocada en una tumba al pie del monumento. El día es incluido entre las fiestas del año.

La difunta ha engendrado al hijo del héroe treinta años, tres meses y tres días después de la muerte del padre. El número repetido, fasto, asegura lo que todos conocen y comparten. El niño es arrojado fuera de la ciudadela. El camino lo espera y el cansancio y el sueño tras una marcha larga, cuando ya sea un hombre que continúe la estirpe del miedo y de los héroes.

El narrador, poeta y ensayista Luis Benítez nació en Buenos Aires en 1956. Recibió por su obra en narrativa el Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); el Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003) y el Tercer Premio Municipal Ricardo Rojas (Buenos Aires, 2022). Ha publicado las novelas Tango del Mudo (Montevideo, 1997; Buenos Aires, 2003; Bolonia, 2004; Buenos Aires, 2012); El Metro Universal (Buenos Aires, 2012; Rumania, 2018); Hijo de la Oscuridad (Buenos Aires, 2012); Sombras Nada Más (una novela del peronismo mágico) (Buenos Aires, 2012; Milán, 2014); Madagascar (Buenos Aires, 2017); Los Amantes de Asunción (Buenos Aires, 2019) y El deseo y la furia (Buenos Aires, 2022). Publicó las colecciones de cuentos Las Ciudades de la Furia (provincia de Corrientes, 2016) y Se acaba el mundo y nosotros afeitándonos (provincia de Santa Fe, 2023). Sus 44 libros de poesía, ensayo y narrativa han sido editados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay.
¿Te gustó? Dale un Like 294



Mirta y Luis
Por Omar Asán

No bien salí, la llovizna golpeó mi cara. A los pocos pasos pensé qué comería esa noche y se me impuso la idea y la imagen del viejo chorreando muzzarela, babeándose en la pizzería del suburbio. Mientras pensaba en eso me encaminé al Subte. Igual trayecto, día tras día, atravieso las calles conocidas y al llegar a la Plaza Almagro, por primera vez, recapacito en el altar de la Virgen de Itatí que observa la espalda del busto de San Martín. También una mujer frente a ella. Se me ocurre que un misterio guarda esa mujer y recuerdo haberla encontrado sentada o parada como cumpliendo una promesa. Ahora la observo. La mujer está frente a al pequeño altar. Inmóvil, lo mira en silencio. Quizá intenta un diálogo, una pregunta que será sin respuesta sobre ese hombre que supongo espera, y la espera se prolongará en un encuentro de miradas que solo cristalizarán ese momento.

Mirta vuelve todos los días, me dice Luis, al mediodía y a la noche. Él duerme en un banco cercano. Entre recuerdos de las Islas, que no se cansa de repetir, su voz aguachenta, su mirada rojiza, relata y relata mezcladas, las historias de esa mujer y la suya.

“No me perdonan que estoy vivo, dice, yo vi los cadáveres alineados de mis compañeros. Les abrían la panza los gurkas, escuchá, vuelve a decir, con sus órganos al aire para que viéramos como quedaríamos nosotros”.

Trastabilla y continua. "Mirta vuelve siempre. A veces le convido un mate pero ella se queda mirando y deja transcurrir el tiempo. Sacrifica su hora de almuerzo y deja el sánguche y la coca que se convierten en mi comida”. Sonríe, le faltan varios dientes. “El comedor, dice, los perdió de un culatazo cuando lo tomaron prisionero, pero Mirta no estaba”, agrega, y ríe.

A veces saluda. Otras me ignora, pero cuando vuelve , de quien sabe dónde, insiste en que lo vienen a buscar.

“Mi padre tiene los pasajes de avión, dice, me vuelvo a mi provincia, a mi Chaco. Ella es de Corrientes, agrega”. Espera y se resiste a que sean dos extraños. Él le pidió que lo espere ahí, junto a la virgencita y ella obedeció. “Como las ordenes, hay que obedecer, no retirarse, agrega. Para qué, se pregunta ahora. Para qué, pregunta. Si no hay para qué porqué insistimos en esperar. Esto se termina, acota. Me voy”.

Luis a veces no está. Ella siempre cumple sus horarios. Si le preguntan por él, solo dice, ¿Luisito? Y se concentra con los brazos a los costados, firme, como si estuviera en formación. Me pregunto: ¿Quién espera a quién? “Dejé de esperarle, dice, por eso no regresa. Sólo tiene sentido regresar si alguien te está esperando, pero igual vuelvo acá, siempre alguién vuelve”. Y ella vuelve al silencio.

El cadáver cubierto de diarios viejos con el pecho desgarrado por la metralla es la imagen que se le impone a Luis.” La carne, la sangre seca en la carne”, grita, camina y trastabilla, trata de mantenerse parado pero cae una y otra vez. Los que pasan se alejan. “La carne, vuelve a gritar” y recoge unas piñas del suelo y las arroja como granadas a los que pasan. “No son ingleses”, grita Mirta y vuelve al silencio. Luis mira y se encomienda a la virgen. Es difícil decir si cree. Es solo un hombre vencido, un ex combatiente derrotado que no puede registrar a Mirta que lo espera, pero él no llega. Intenta persignarse, pero ni sabe cómo. Quiere rezar pero sólo pronuncia “Padre nuestro..” y ya no puede balbucear más. Levanta una mano y la lleva a la frente, pero el movimiento se interrumpe. Se mira las manos, le arden, le queman. Terminó el bombardeo pero el ardor se le empezó a manifestar unas horas antes de que asomara el día. El ardor hoy indica el ayer. Lo ocurrido, algo que dejó un registro de lo acaecido en el fluir de las horas, de los días que transcurrieron, una marca, una muesca, todos muertos menos él. Le arde la mano, el peso del cajón fúnebre que traslada, la presencia de la muerte de la que él es ausente, esas manijas del ataúd que debería haber sido el suyo.

Nada justifica la obediencia cuando ésta se transforma en un deber, su deber de vivir cuando los muertos lo condenan. Se mira las manos y están manchadas de sangre.

Mirta espera. Es una sombra ella misma que hasta su sombra ha perdido. Pienso en ellos, mientras camino y atravieso la plaza. Veo el banco cubierto de una colcha, una mochila sucia y la capilla con un vaso de vidrio y una flor marchita. La virgen pareciera mirar pero el silencio se impone.
¿Te gustó? Dale un Like 242




Elegir página - - - - - - - - - - - -2- 3-4- - - - - - - - - - - - -