Anís
Anís, de Hernán Lasque, es un pequeño manojo de relatos exquisitos, como cuando se saborea el sol o se respira el aire suntuoso que deja la lluvia sobre la piel de la ciudad.
En la narrativa de Hernán, los personajes son tomados en el transito de los rituales. Pero algo irrumpe. Sus cuentos son una experiencia con las filtraciones que sobrevienen sobre la costumbre, esa grieta por la que entra una melodía que nos saca de un camino y nos pone en otro. Algo sale del carril habitual y quiebra la dirección de esas vidas. Y la de sus cuerpos. La pericia narrativa de Hernán está en saber contar una historia, pero también darle esa atmósfera que viste las cosas.
En algunos casos el relato avanza por un notable uso del dialogo que trasmite intimidad, eso que precisamente es todo diálogo. Pero también, a diferencia de esa tradición que sabe que no se narran los hechos, sino los efectos de los hechos, en la poética de Hernán, ambas dimensiones son pensadas bajo el poder que tienen las cosas de perturbar la realidad, de distorsionarla, como el perfume de los esmaltes, o el paraguas que, no siendo el accesorio indispensable de un gesto, abre el devenir de un encuentro.
Los personajes y las situaciones en estos relatos nos hacen olvidar del virtunciemo, que se vuelve una fatalidad de la situaciones y de los personajes.
Hernán tiene esa crudeza de los escritores íntimos y, a la vez, el panorama tridimensional del costumbrismo. Esa combinación lo vuelve rara avis. Quiza porque la verosimilitud es pensada por el sentido común como el repudio de las razones inconfesables, quizá por eso en estos relatos no nos sorprendemos, más bien nos maravillamos.
Gonzalo Marrón, 2026
En la narrativa de Hernán, los personajes son tomados en el transito de los rituales. Pero algo irrumpe. Sus cuentos son una experiencia con las filtraciones que sobrevienen sobre la costumbre, esa grieta por la que entra una melodía que nos saca de un camino y nos pone en otro. Algo sale del carril habitual y quiebra la dirección de esas vidas. Y la de sus cuerpos. La pericia narrativa de Hernán está en saber contar una historia, pero también darle esa atmósfera que viste las cosas.
En algunos casos el relato avanza por un notable uso del dialogo que trasmite intimidad, eso que precisamente es todo diálogo. Pero también, a diferencia de esa tradición que sabe que no se narran los hechos, sino los efectos de los hechos, en la poética de Hernán, ambas dimensiones son pensadas bajo el poder que tienen las cosas de perturbar la realidad, de distorsionarla, como el perfume de los esmaltes, o el paraguas que, no siendo el accesorio indispensable de un gesto, abre el devenir de un encuentro.
Los personajes y las situaciones en estos relatos nos hacen olvidar del virtunciemo, que se vuelve una fatalidad de la situaciones y de los personajes.
Hernán tiene esa crudeza de los escritores íntimos y, a la vez, el panorama tridimensional del costumbrismo. Esa combinación lo vuelve rara avis. Quiza porque la verosimilitud es pensada por el sentido común como el repudio de las razones inconfesables, quizá por eso en estos relatos no nos sorprendemos, más bien nos maravillamos.
Gonzalo Marrón, 2026
Así escribe:
Cómo no dirigir mis recuerdos a mi vecina de la infancia, con su
perrita Yeni, que cada vez que me veía en la casa echaba un chorrito
de meo y enseguida se me venía encima, con rodeos y estrechos
ladridos de felicidad. Me celebraba. No fueron tantas las ocasiones
en las que esto sucedía en horas de la siesta, ya que habitualmente
nos encontrábamos más tarde, después de las meriendas, a escuchar
música, hablar y a veces leer mientras la tarde caía. Era una casa
amplia con un patio enorme en cuyo centro se elevaba un añoso árbol
de moras, los gorriones cagaban violeta en toda la cuadra. Contra el
muro que daba al patio de la casa de mis padres, mucho más pequeño,
armaban cada verano un piletín.BR>
Enero: calor a bocanadas. Me encontraba a la sombra perfumada del jazmín que mi madre cultivó durante años, pegado al muro medianero, cuando advertí el sonido. Como quien se mete queriendo no ser oído, alguien se movía apaciblemente, en el rectángulo de agua. No quería despertar a nadie, intentaba hacer el menor ruido posible porque eran las dos de la tarde. La escuché empujarse en el agua, suavemente, de un extremo a otro.
HERNÁN LASQUE, Concordia, Entre Ríos (1977). Desde el año 2005 reside en la ciudad de Neuquén, donde cursó Letras en la Universidad Nacional del Comahue. Publicó narrativa bajo los títulos: Ratón blanco (2009), Lizeta (2012), Si no late (20021), La casa un tiempo equis (2021), Quitaesmalte (2025); y los libros de poesía: Lamen (2018), Maratón dromedaria (2020) y Tres andariveles (2020). Integra antologías de Neuquén, Entre Ríos y el Atlas de la Poesía Argentina II, de Univers Nacional de La Plata.
Enero: calor a bocanadas. Me encontraba a la sombra perfumada del jazmín que mi madre cultivó durante años, pegado al muro medianero, cuando advertí el sonido. Como quien se mete queriendo no ser oído, alguien se movía apaciblemente, en el rectángulo de agua. No quería despertar a nadie, intentaba hacer el menor ruido posible porque eran las dos de la tarde. La escuché empujarse en el agua, suavemente, de un extremo a otro.
HERNÁN LASQUE, Concordia, Entre Ríos (1977). Desde el año 2005 reside en la ciudad de Neuquén, donde cursó Letras en la Universidad Nacional del Comahue. Publicó narrativa bajo los títulos: Ratón blanco (2009), Lizeta (2012), Si no late (20021), La casa un tiempo equis (2021), Quitaesmalte (2025); y los libros de poesía: Lamen (2018), Maratón dromedaria (2020) y Tres andariveles (2020). Integra antologías de Neuquén, Entre Ríos y el Atlas de la Poesía Argentina II, de Univers Nacional de La Plata.