Después del silencio
En su "Tesis sobre el cuento", Ricardo Piglia sostiene que un cuento siempre relata dos historias: "El arte del cuentista —dice- consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario" Por consiguiente, el valor de un cuento, su fuerza, su definitiva calidad no sólo vale por lo que expresa, sino también por lo que calla. Chejov postulaba: "es preferible no decir lo suficiente que decir demasiado" Hemingway supo llevar ese mandato hasta las últimas consecuencias. En sus cuentos —pienso en "Los asesinos", pienso en "El gran río de los dos corazones"- importan tanto las palabras como los silencios. María Mata Ochoa sabe cómo manejar esos silencios, con la singular destreza reservada a los auténticos narradores, por medio de una escritura envolvente, donde la crueldad y la violencia están agazapadas, como puestas al revés, logra seducir con cada historia que cuenta. Puede ser una niña que tiernamente entrevé la muerte de un viejo caballo de sulky, puede ser el asesinato de una pareja de amantes ejecutados gozosamente por la esposa engañada, puede ser el oscuro secreto de un altillo, puede ser el suicidio de un político transformado en crimen. Todo es posible en cada uno de estos cuentos que valen de igual modo por lo que narran como por lo que ocultan. "Detrás del silencio" muestra la punta del iceberg y propone que el lector descubra la historia secreta de cada relato y descifre qué se oculta entre los pliegos de un sugestivo y diabólico silencio.
Vicente Battista
Si hay algo que estos magníficos relatos nos vienen a recordar es de qué estamos hechos. Porque de alguna manera las historias tratan de dar voz a las ausencias, a los olvidos, a las desilusiones que son la materia con la que personajes tan queribles como empáticos van conformando sus vidas. La prosa, precisa, contundente, va dejando traslucir cierta inquietud de quien está a punto de confesar un secreto. Un secreto que a veces toma la forma de un objeto inanimado, como un sombrero o una fotografía, otras de un ser vivo, como un caballo o una mosca, pero que siempre sorprende y mantiene al lector en vilo. Mientras tanto, detrás de todos ellos, como un arquitecto pudoroso, el silencio va tejiendo su urdimbre tan curiosa como inevitable.
Roberto Montaña
Vicente Battista
Si hay algo que estos magníficos relatos nos vienen a recordar es de qué estamos hechos. Porque de alguna manera las historias tratan de dar voz a las ausencias, a los olvidos, a las desilusiones que son la materia con la que personajes tan queribles como empáticos van conformando sus vidas. La prosa, precisa, contundente, va dejando traslucir cierta inquietud de quien está a punto de confesar un secreto. Un secreto que a veces toma la forma de un objeto inanimado, como un sombrero o una fotografía, otras de un ser vivo, como un caballo o una mosca, pero que siempre sorprende y mantiene al lector en vilo. Mientras tanto, detrás de todos ellos, como un arquitecto pudoroso, el silencio va tejiendo su urdimbre tan curiosa como inevitable.
Roberto Montaña
Así escribe:
Creí que este año el verano no se iba a adelantar. Ya extraño
mis tardes en la oscuridad, de entrecasa, sin culpa por mantener las
ventanas entornadas, acompañada por un buen libro o por una serie,
mientras los chicos miran la saga de sus héroes favoritos. Pero acá
estoy con ellos, a pleno sol, tratando de encontrar el martillo de Thor,
antes de que se encienda el filtro de la pileta y se lo trague, aunque
eso no va a pasar, porque ahí lo veo brillar sobre la loseta térmica.
Y, ahora que lo agarré, me quema tanto que hasta podría dejarme la
palma tatuada.
Detesto el verano y su bullicio de aparentes vidas felices como de propaganda. Aquella mañana también había amanecido con sol, y también hacía mucho calor. En el patio de mi casa no corría una sola gota de aire. Los dos cipreses plantados en un rincón, contra la medianera, parecían esculpidos. En la pileta (de lona y sin filtro) flotaban, no Thor, sino la mamadera de juguete, la muñeca de pelo negro y mi bebé preferido, el que siempre llevaba a la casa de don Lisandro. Tomé la manguera con la que se llenaba la pileta, apreté el extremo y apunté a la pared. Yo solía hacer que pintaba con el chorro de agua: una flor, un pino, la casa. También jugaba con mis muñecos, los bañaba y les daba de comer, o con la pelota, o yo misma saltaba desde el borde de la pileta para rebotar contra el agua. Pero aquel día no había hecho nada de eso. Solo intentaba dibujar. La casa me quedó torcida y con unas ventanas deformes. Quise mejorarla, pero la empeoré. Estrujé la manguera, hice rayas superpuestas en todas direcciones, hasta que se formó una especie de rectángulo también deforme (un rectángulo negro en el medio del muro).
MARÍA MARTA OCHOA nació en Argentina, provincia de Buenos Aires. Es psicoanalista y escritora. Sus cuentos recibieron diferentes distinciones en Argentina, Cuba y España; entre ellos, el Certamen Leopoldo Marechal (2010) y el Premio Iberoamericano Julio Cortázar (2022 y 2019). Gran parte de esos relatos integran Después del silencio. Publicó en revistas y antologías. Coordinó talleres literarios y seminarios en Bibliotecas Populares. Fue prejurado en la Fundación La Balandra y jurado en "Yo te cuento Bs. As". Actualmente asesora a autores en el proceso de escritura y corrección en narrativa.
Detesto el verano y su bullicio de aparentes vidas felices como de propaganda. Aquella mañana también había amanecido con sol, y también hacía mucho calor. En el patio de mi casa no corría una sola gota de aire. Los dos cipreses plantados en un rincón, contra la medianera, parecían esculpidos. En la pileta (de lona y sin filtro) flotaban, no Thor, sino la mamadera de juguete, la muñeca de pelo negro y mi bebé preferido, el que siempre llevaba a la casa de don Lisandro. Tomé la manguera con la que se llenaba la pileta, apreté el extremo y apunté a la pared. Yo solía hacer que pintaba con el chorro de agua: una flor, un pino, la casa. También jugaba con mis muñecos, los bañaba y les daba de comer, o con la pelota, o yo misma saltaba desde el borde de la pileta para rebotar contra el agua. Pero aquel día no había hecho nada de eso. Solo intentaba dibujar. La casa me quedó torcida y con unas ventanas deformes. Quise mejorarla, pero la empeoré. Estrujé la manguera, hice rayas superpuestas en todas direcciones, hasta que se formó una especie de rectángulo también deforme (un rectángulo negro en el medio del muro).
MARÍA MARTA OCHOA nació en Argentina, provincia de Buenos Aires. Es psicoanalista y escritora. Sus cuentos recibieron diferentes distinciones en Argentina, Cuba y España; entre ellos, el Certamen Leopoldo Marechal (2010) y el Premio Iberoamericano Julio Cortázar (2022 y 2019). Gran parte de esos relatos integran Después del silencio. Publicó en revistas y antologías. Coordinó talleres literarios y seminarios en Bibliotecas Populares. Fue prejurado en la Fundación La Balandra y jurado en "Yo te cuento Bs. As". Actualmente asesora a autores en el proceso de escritura y corrección en narrativa.
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