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Notas, cuentos, entrevistas, crítica y conversación literaria desde una editorial argentina independiente.

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Imagen de la publicación: LA CANASTITA Vanesa Gómez Todo blanco y listo sobre la cama: la camisa de seda con botones de nácar…
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LA CANASTITA
Vanesa Gómez

Todo blanco y listo sobre la cama: la camisa de seda con botones de nácar, la falda plisada, las medias con volados, las guillerminas que huelen a nuevo dentro de la caja y, lo más importante, la canastita hecha de cintas, moños y tules, con las tarjetas adentro. Tarjetas que intercambiaría por dinero. Venían todos los familiares al asado que el abuelo hacía en el patio, así que esperaba juntar lo suficiente como para comprar las muñecas de Sailor Moon que ya hacía un mes brillaban en la vidriera del kiosquito amarillo.

Se llevó los zapatos a la cara y los olió. Le gustaba el olor de las cosas nuevas. Los zapatos se los había regalado la madrina, por suerte, porque la madre había
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Imagen de la publicación: Lagartija

Lagartija

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El televisor decía que el paso a Vallecitos estaba cerrado por la nieve. La radio Nihuil, que no podían cruzar automóviles con provisiones y que los andinistas estarían aislados en los refugios. Se esperaba viento blanco en altura. Ambos coincidían en que la emergencia se prolongaría por veinte días.
El hermano mayor de Gonzalo estaba en el refugio de la universidad, diez kilómetros más adentro de la entrada a Vallecitos. Su mamá tendía ropa blanca en el patio mientras la televisión funcionaba en la cocina. Entró a buscar la escoba justo para oír que los escaladores se habían quedado sin alimentos. Su hijo más chico estaba en la escuela y José, el marido, en la fábrica. Ella se puso un tapado y corrió a la casa de la vecina a pedir el teléfono.
¿Qué podía ser tan importante para que ella lo llamara al trabajo?
–Están aislados, José. No tienen qué comer y viene viento blanco –dijo ella.
–Calma. Se llevaron atún y salchichas para un regimiento.
–Pero ¡José!
Él cortó con fastidio.




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Imagen de la publicación: Sobreviviendo a Houdini

Sobreviviendo a Houdini

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Deseé tanto la felicidad que el universo me envió a Houdini: una mañana apareció en mi cartera, la de uso diario; detrás de papeles, pañuelos descartables y una birome a punto de reventar. En aquella ocasión, en forma de perfume en frasco; un aroma exquisito, surreal, como si mil dragones masticaran canteros repletos de rosas perladas por rocío y exhalaran su aliento, justo en mis oídos… así fue el primer encuentro con Houdini; debo admitir que no esperaba tanto de la vida.

No entré en contacto con él en un primer momento, pero luego de un tiempo de verlo aparecer y desaparecer en el fondo del bolso, me atreví, destapé el frasco y contuve la exuberante fragancia unos segundos en mi interior… Antes de eso todo parecía normal, pero después los contornos de las cosas comenzaron a moverse; nada sería lo mismo a partir de allí. Aquello que me parecía derecho ahora estaba ligeramente torcido; las patas de las mesas que siempre percibí de una rigidez extrema, ahora eran cóncavas o convexas o flotantes o líquidas, según él las revelara.
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