El otro lado del miedo
Sí, estoy tan cerca que el olor a cobre y a pólvora me invaden. Le dieron dos balazos. En realidad, fueron tres, pero uno no sé a dónde fue a dar. Podría haber llegado hasta mi pecho y estaría yo tirado en la acera. Lo que tarda en llegar una ambulancia, no quedaría para contarla.
Ese pobre hombre está ahí, en medio de la vereda, con su cara pegada a la tierra. Puede estar muerto o a punto de estirar la pata. Yo, aquí como una momia, envuelto en miedo y con mi voz cercenada. Parece una pesadilla, pero sé que no lo es; mi teléfono vibra en mi pantalón. Soy incapaz de moverme, es como si una fuerza extraña me estuviera sosteniendo.
El cuerpo del hombre da brinquitos, como pequeños espasmos. Puede ser que el alma se quiera salir y él lucha por impedirlo. Pero ¿quién es él sin ella? El cuerpo, el cuerpo no quiere podrirse o terminar incinerado en algún horno infernal.
Polvo eres y en polvo te convertirás*, dice la Biblia*. Pensándolo bien, qué cosa más horrible despertarse en ese momento. Un candelero que le quema a uno el culo. Uy, no, qué cosa más fea. A ese pobre hombre seguro lo creman, sí, es que a los pobres hay que cremarlos, es más barato. ¿A qué olerán los ricos si los queman? No sé si eso pasa muy seguido. A ellos los encierran en esas grandes urnas de caoba con adornos que brillan sin descanso.
El cuerpo del hombre sigue ahí tendido y yo sin hacer nada. Pensando pendejadas, pero uno así, asustado, ¿pa dónde coge? Cuando recupere las fuerzas, voy a salir corriendo de ahí pa abajo, como alma que lleva el diablo, y buscaré ayuda. ¡Ah! Primero contestaré el teléfono, que me tiene nervioso. Vibra que vibra.
A estas horas de la noche, el pistolero ya estará metido en su cama, sin poder dormir. Mirando el techo y pensando que mató a un pobre borracho que bebía en una vereda. Si se acuerda que yo lo vi, puede pararse de la cama y venir. Meterme un tiro será muy fácil. Me apuntará y la bala me romperá la cabeza, y así eliminará al único testigo. Digo yo que soy el único testigo; por aquí a la gente le gusta ventanear, estar pendiente de la vida del otro. ¡Claro!, para el otro día tener de qué hablar en la bodega. Mañana esto será el tema del día y de la semana.
Un matón, un muerto y un borracho que mira como pendejo. Ey, ey, ey, el muertico estaba borracho también. Uno después de muerto, pienso yo, que se le pasa. Llegar al reino del cielo mareado no se vería bien. Sería un pasaje directico hasta el bendito purgatorio.
¿Qué habrá en el cielo que se reservará el derecho de admisión? ¿Acaso las putas, los borrachos, los bandidos y hasta los políticos no tienen derecho de entrar? ¡La moda es ser bueno! Y de ñapa nos amenazan con el purgatorio y el infierno, como si vivir no fuera suficiente.
Ese pobre hombre, que quedó ahí en el suelo, ¿acaso no tendrá derecho de ser recibido por ángeles? Tiene familia, es trabajador y hasta honrado era. Los religiosos se negarían a darle entrada, pero Dios sabe que tomarse un trago todas las noches no es malo, es pa’ uno agarrar sueño. A esta edad los problemas no dejan dormir.
Ese hombre aún está vivo, levantó su cabeza y la movió de un lado a otro. ¡Dios, es un milagro! Es magnífico, pero yo sigo aquí cagado de miedo. En otra época hubiese corrido como un loco por todo el cerro. Nadie me alcanzaba. Por aquellos días éramos unos muchachos; el tiempo se fue y no supimos adónde.
La luna está llena, redondita, con esa luz tenue que alumbra la vereda, las casas apretujadas, a un hombre que muere y otro cobarde que no puede hacer nada. Qué vergüenza con la luna.
La gente dice que la noche es pa’ las putas, los bandidos y los poetas, pero qué poeta voy a ser yo, si acaso sé leer. Lo que no entiendo es: ¿por qué siempre entre los malos están las putas? ¿Es que ellas acaso no tienen derecho a vivir, a llevar alimento a su casa? Los religiosos les achacan cosas del diablo, pero un hombre que vive en soledad como yo, ¿no le hace bien hacerse acompañar? A mi edad ya no es tan imprescindible el sexo, pero una buena charla sí. Pagar para hablar suena irónico, pero es una necesidad.
Si yo fuera el portero del cielo, las dejaría pasar. Sin medir su estatura moral. Y detendría en la puerta a los que hacen fortunas. A esos sí les revisaría todo. A los bandidos también, robar no es justo. Los mandaría al infierno derechito.
Ahora, a los poetas, los dejaría en la puerta y les pediría que recitasen un poema, de esos de amor o uno melancólico, y los iría dejando pasar uno por uno. Esa gente no es mala, pero los meten en el paquete. Seguro que les tienen miedo; claro, un poeta puede hacer sentir sin tocar, y los maridos ni cuenta se dan.
Sigo sin poder moverme, soy una masa inservible. Qué vaina, cuando uno más se necesita.
Así era Don Fulgencio el electricista, uno lo llamaba cuando los cables hacían corto circuito y el hijueputa iba cuando le daba la gana. Claro, como uno le pedía era un favor y no había dinero. A los vecinos hay que ayudarlos. Yo apenas sé frisar paredes y pegar bloques, no quise aprender más nada. Noooo, eso era pa que me dieran más trabajo por el mismo precio. Así me quedé. Igual me ponen a cargar bultos de arena. A Jesús le tocó cargar una cruz, es una vaina parecida.
Tengo el olor a pólvora en la nariz y esa estela de humo gris no se disipa. Parece que se congeló en el tiempo.
El hombre ahora está arrastrándose, ya su alma no se quiere salir. Es que a la gente buena le pasan cosas buenas. Es lógico. Ahí va herido a buscar ayuda, porque este que está aquí, jumm, se cagó de miedo. La ambulancia aún no viene y la policía menos. No hay ese alboroto. No somos tan importantes, ni los vecinos se han aparecido. Entiendo, las balas asustan, lo sé muy bien.
¿Qué hice yo mal en mi vida? Todo. Si le hubiera hecho caso a mi mamá, sería un doctor, abogado, ingeniero; pero no, preferí ser un albañil borracho. Ni hijos tuve. ¿Cómo se hará para retroceder el tiempo? Si pudiera hacerlo, haría caso, me buscaría una buena mujer y tendría una casa con niños correteando por sus pasillos. Mi madre deseaba tener nietos, pero yo me negaba. Qué cobarde es uno cuando es joven, solo quiere emociones breves y nada, nadita de responsabilidad.
La verdad es que me la gocé, hasta que me empecé a poner viejo. Me fui quedando solo. Uno le empieza a incomodar a la gente. ¡Claro! Las mañas, el genio y los achaques, nadie quiere cargar con un viejo así.
El hombre está vivo. Ahí va como una serpiente. Pobrecito, las balas seguro no le salieron y él sigue, sigue. Lo que es luchar por la vida. Yo sí que no sirvo pa’ mucho. Aquí estoy con esos olores impregnados y con mi pecho andando como un tren.
El hombre ahora se puso de rodillas. ¡Alabado sea el Señor! Es un milagro. Empezó a gatear como un bebé. Volvió a nacer, volvió a nacer. Ojalá alguien le brinde ayuda, el pobre lo necesita. A mí que me busquen después. Los cobardes merecemos quedar en el olvido.
Por allá lejos se escuchan a los perros vociferar, como si estuvieran dando un grito de auxilio. ¿Quieren ayudarnos o solo se escandalizaron por el sonido de las balas? Las balas los despertaron, segurito.
El hombre sigue en cuatro patas, lo hace como un gato, con sigilo y con ese swing. Ahora sí me jodí, viéndole el culo, pero es lo que veo desde aquí. Mientras más se aleja, más borroso es. Mis ojos lo ven sin descanso, porque si esto es un milagro, en cualquier momento el cielo se ilumina y me gustaría ver a los ángeles. La verdad, prefiero poder moverme. Correr tras él y pedir ayuda. Veo que es un hombre muy fuerte y valiente; si a mí me dieran dos balazos estaría muerto o cagado del miedo. No sería capaz de sostenerme y mucho menos salir de aquí.
Ahora se levantó y mira por la esquina de la vereda, como ocultándose de algo. No parece herido.
¡Se fue! ¡Se fue! Arrancó a correr como esos velocistas de las olimpiadas. Ahora quedé yo aquí, sin poder sostenerme y tendido sobre el suelo. Ahora huele a flores. Y el cielo abre un espacio entre los nubarrones grises
Ese pobre hombre está ahí, en medio de la vereda, con su cara pegada a la tierra. Puede estar muerto o a punto de estirar la pata. Yo, aquí como una momia, envuelto en miedo y con mi voz cercenada. Parece una pesadilla, pero sé que no lo es; mi teléfono vibra en mi pantalón. Soy incapaz de moverme, es como si una fuerza extraña me estuviera sosteniendo.
El cuerpo del hombre da brinquitos, como pequeños espasmos. Puede ser que el alma se quiera salir y él lucha por impedirlo. Pero ¿quién es él sin ella? El cuerpo, el cuerpo no quiere podrirse o terminar incinerado en algún horno infernal.
Polvo eres y en polvo te convertirás*, dice la Biblia*. Pensándolo bien, qué cosa más horrible despertarse en ese momento. Un candelero que le quema a uno el culo. Uy, no, qué cosa más fea. A ese pobre hombre seguro lo creman, sí, es que a los pobres hay que cremarlos, es más barato. ¿A qué olerán los ricos si los queman? No sé si eso pasa muy seguido. A ellos los encierran en esas grandes urnas de caoba con adornos que brillan sin descanso.
El cuerpo del hombre sigue ahí tendido y yo sin hacer nada. Pensando pendejadas, pero uno así, asustado, ¿pa dónde coge? Cuando recupere las fuerzas, voy a salir corriendo de ahí pa abajo, como alma que lleva el diablo, y buscaré ayuda. ¡Ah! Primero contestaré el teléfono, que me tiene nervioso. Vibra que vibra.
A estas horas de la noche, el pistolero ya estará metido en su cama, sin poder dormir. Mirando el techo y pensando que mató a un pobre borracho que bebía en una vereda. Si se acuerda que yo lo vi, puede pararse de la cama y venir. Meterme un tiro será muy fácil. Me apuntará y la bala me romperá la cabeza, y así eliminará al único testigo. Digo yo que soy el único testigo; por aquí a la gente le gusta ventanear, estar pendiente de la vida del otro. ¡Claro!, para el otro día tener de qué hablar en la bodega. Mañana esto será el tema del día y de la semana.
Un matón, un muerto y un borracho que mira como pendejo. Ey, ey, ey, el muertico estaba borracho también. Uno después de muerto, pienso yo, que se le pasa. Llegar al reino del cielo mareado no se vería bien. Sería un pasaje directico hasta el bendito purgatorio.
¿Qué habrá en el cielo que se reservará el derecho de admisión? ¿Acaso las putas, los borrachos, los bandidos y hasta los políticos no tienen derecho de entrar? ¡La moda es ser bueno! Y de ñapa nos amenazan con el purgatorio y el infierno, como si vivir no fuera suficiente.
Ese pobre hombre, que quedó ahí en el suelo, ¿acaso no tendrá derecho de ser recibido por ángeles? Tiene familia, es trabajador y hasta honrado era. Los religiosos se negarían a darle entrada, pero Dios sabe que tomarse un trago todas las noches no es malo, es pa’ uno agarrar sueño. A esta edad los problemas no dejan dormir.
Ese hombre aún está vivo, levantó su cabeza y la movió de un lado a otro. ¡Dios, es un milagro! Es magnífico, pero yo sigo aquí cagado de miedo. En otra época hubiese corrido como un loco por todo el cerro. Nadie me alcanzaba. Por aquellos días éramos unos muchachos; el tiempo se fue y no supimos adónde.
La luna está llena, redondita, con esa luz tenue que alumbra la vereda, las casas apretujadas, a un hombre que muere y otro cobarde que no puede hacer nada. Qué vergüenza con la luna.
La gente dice que la noche es pa’ las putas, los bandidos y los poetas, pero qué poeta voy a ser yo, si acaso sé leer. Lo que no entiendo es: ¿por qué siempre entre los malos están las putas? ¿Es que ellas acaso no tienen derecho a vivir, a llevar alimento a su casa? Los religiosos les achacan cosas del diablo, pero un hombre que vive en soledad como yo, ¿no le hace bien hacerse acompañar? A mi edad ya no es tan imprescindible el sexo, pero una buena charla sí. Pagar para hablar suena irónico, pero es una necesidad.
Si yo fuera el portero del cielo, las dejaría pasar. Sin medir su estatura moral. Y detendría en la puerta a los que hacen fortunas. A esos sí les revisaría todo. A los bandidos también, robar no es justo. Los mandaría al infierno derechito.
Ahora, a los poetas, los dejaría en la puerta y les pediría que recitasen un poema, de esos de amor o uno melancólico, y los iría dejando pasar uno por uno. Esa gente no es mala, pero los meten en el paquete. Seguro que les tienen miedo; claro, un poeta puede hacer sentir sin tocar, y los maridos ni cuenta se dan.
Sigo sin poder moverme, soy una masa inservible. Qué vaina, cuando uno más se necesita.
Así era Don Fulgencio el electricista, uno lo llamaba cuando los cables hacían corto circuito y el hijueputa iba cuando le daba la gana. Claro, como uno le pedía era un favor y no había dinero. A los vecinos hay que ayudarlos. Yo apenas sé frisar paredes y pegar bloques, no quise aprender más nada. Noooo, eso era pa que me dieran más trabajo por el mismo precio. Así me quedé. Igual me ponen a cargar bultos de arena. A Jesús le tocó cargar una cruz, es una vaina parecida.
Tengo el olor a pólvora en la nariz y esa estela de humo gris no se disipa. Parece que se congeló en el tiempo.
El hombre ahora está arrastrándose, ya su alma no se quiere salir. Es que a la gente buena le pasan cosas buenas. Es lógico. Ahí va herido a buscar ayuda, porque este que está aquí, jumm, se cagó de miedo. La ambulancia aún no viene y la policía menos. No hay ese alboroto. No somos tan importantes, ni los vecinos se han aparecido. Entiendo, las balas asustan, lo sé muy bien.
¿Qué hice yo mal en mi vida? Todo. Si le hubiera hecho caso a mi mamá, sería un doctor, abogado, ingeniero; pero no, preferí ser un albañil borracho. Ni hijos tuve. ¿Cómo se hará para retroceder el tiempo? Si pudiera hacerlo, haría caso, me buscaría una buena mujer y tendría una casa con niños correteando por sus pasillos. Mi madre deseaba tener nietos, pero yo me negaba. Qué cobarde es uno cuando es joven, solo quiere emociones breves y nada, nadita de responsabilidad.
La verdad es que me la gocé, hasta que me empecé a poner viejo. Me fui quedando solo. Uno le empieza a incomodar a la gente. ¡Claro! Las mañas, el genio y los achaques, nadie quiere cargar con un viejo así.
El hombre está vivo. Ahí va como una serpiente. Pobrecito, las balas seguro no le salieron y él sigue, sigue. Lo que es luchar por la vida. Yo sí que no sirvo pa’ mucho. Aquí estoy con esos olores impregnados y con mi pecho andando como un tren.
El hombre ahora se puso de rodillas. ¡Alabado sea el Señor! Es un milagro. Empezó a gatear como un bebé. Volvió a nacer, volvió a nacer. Ojalá alguien le brinde ayuda, el pobre lo necesita. A mí que me busquen después. Los cobardes merecemos quedar en el olvido.
Por allá lejos se escuchan a los perros vociferar, como si estuvieran dando un grito de auxilio. ¿Quieren ayudarnos o solo se escandalizaron por el sonido de las balas? Las balas los despertaron, segurito.
El hombre sigue en cuatro patas, lo hace como un gato, con sigilo y con ese swing. Ahora sí me jodí, viéndole el culo, pero es lo que veo desde aquí. Mientras más se aleja, más borroso es. Mis ojos lo ven sin descanso, porque si esto es un milagro, en cualquier momento el cielo se ilumina y me gustaría ver a los ángeles. La verdad, prefiero poder moverme. Correr tras él y pedir ayuda. Veo que es un hombre muy fuerte y valiente; si a mí me dieran dos balazos estaría muerto o cagado del miedo. No sería capaz de sostenerme y mucho menos salir de aquí.
Ahora se levantó y mira por la esquina de la vereda, como ocultándose de algo. No parece herido.
¡Se fue! ¡Se fue! Arrancó a correr como esos velocistas de las olimpiadas. Ahora quedé yo aquí, sin poder sostenerme y tendido sobre el suelo. Ahora huele a flores. Y el cielo abre un espacio entre los nubarrones grises
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