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Novela

Después del retiro

Leandro Vives

A los ochenta años, Pastoni lleva quince retirado de la policía y demasiado tiempo preguntándose si alguna vez fue realmente bueno en su oficio. Viudo, malhumorado y ferozmente empeñado en demostrar que todavía puede valerse por sí mismo, recibe una propuesta inesperada: infiltrarse como residente en un geriátrico de San Telmo donde podría funcionar una cocina de cocaína. Para alguien que siente que la vida ya empezó a dejarlo al margen, la misión se parece demasiado a una última oportunidad.

Armado con un bastón, una libreta y una desconfianza proverbial, Pastoni comienza a investigar. Hay puertas que permanecen cerradas, empleados difíciles de descifrar, movimientos inexplicables y un compañero de habitación, Maurizio, cuya inteligencia resulta tan incómoda como fascinante. Pero cuanto más se acerca Pastoni a aquello que cree estar buscando, más inciertas se vuelven las fronteras entre investigación y sospecha, lucidez y memoria, autonomía y cuidado.

Después del retiro utiliza los mecanismos del policial para internarse en un territorio mucho menos frecuente: la vejez, la dignidad, el miedo a depender de otros y la posibilidad inesperada de volver a empezar cuando todo parecía concluido.

Leandro Vives sostiene la novela con una primera persona de enorme vitalidad, una oralidad filosa y un humor capaz de convivir con zonas genuinamente dolorosas.

Sus diálogos tienen ritmo, sus personajes espesor y su narración consique algo difícil: hacer reír sin banalizar aquello que cuenta y conmover sin recurrir al sentimentalismo.
Así escribe: Recibí el bendito llamado uno o dos días después de cumplir los ochenta, a la mañana temprano, mientras hacía uno de esos libritos de crucigramas que mi hija compraba en el subte para mantenerme ocupado y estimular mi memoria. Atendió ella desde el living y me pasó el llamado a la pieza. Me dijo que era el comisario de la 38, con una naturalidad… como si, en vez del comisario, hubiera sido mi prima de Hurlingham. Me pareció raro; me había jubilado hacía casi quince años y desde entonces no había vuelto a pisar la comisaría. Pero en vez de pensar por qué me podría estar llamando, me dio más curiosidad saber cuál de todos esos pibes, que recién arrancaban cuando me jubilé, estaba ahora al frente. Me sorprendió mucho oír la voz de Pitara. Era más bien callado y de poco carácter, incapaz de arriesgar ni un sí ni un no. Si alguien me hubiera sugerido entonces que algún día iba a ocupar mi puesto, me habría cagado de risa. Sin embargo, me habló con voz firme; los años debían haberlo fogueado. Fue breve: me dijo que necesitaba verme en su oficina; tenía algo para proponerme. Y, sin adelantar nada, me preguntó si podía movilizarme hasta allí por mis propios medios. No me gustó un carajo eso último. Le dije que no me faltara el respeto, y que en algún momento de la tarde iba a pasar por mi oficina. —Ahora es mi oficina —me recordó.

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