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Flotar el vacío
Daniel Gonzaga está a punto de hacer algo que ha evitado a toda costa. De la gente común no lo separa casi nada: tiene treinta años, un trabajo que detesta, una novia triste y una madre desaparecida. Su padre, Carlos, envejece mecido por la televisión y un silencio que esconde algo más que culpa.
Daniel toma una decisión y entonces algo pasa. Detrás de un ropero, bajo capas de humedad y pintura, aparece un objeto inquietante. Justo en el antiguo estudio de su madre. Esto raro -que no se puede borrar ni se deja tapar- a veces gira. ¿0 es la casa la que cambia de temperatura? En ese contexto, un enfermero que nadie recuerda haber contratado, se hace cargo de la salud de Carlos.
A partir de ese hallazgo, el pasado familiar deja de serlo: se suceden incendios, experimentos imposibles, ballenas varadas y una red de secretos empieza a converger alrededor de una pregunta aterradora: ¿qué ocurrió realmente el día en que desapareció su madre, Cecilia?
En «Flotar el vacío» Ochoa combina terror, ciencia ficción, humor negro y drama familiar con una prosa eléctrica, cargada de oralidad y cultura popular. Su escritura encuentra lo siniestro en lo cotidiano y acelera sin perder de vista lo esencial: detrás del horror hay una familia, algo inefable que pugna por salir a la superficie.
Daniel toma una decisión y entonces algo pasa. Detrás de un ropero, bajo capas de humedad y pintura, aparece un objeto inquietante. Justo en el antiguo estudio de su madre. Esto raro -que no se puede borrar ni se deja tapar- a veces gira. ¿0 es la casa la que cambia de temperatura? En ese contexto, un enfermero que nadie recuerda haber contratado, se hace cargo de la salud de Carlos.
A partir de ese hallazgo, el pasado familiar deja de serlo: se suceden incendios, experimentos imposibles, ballenas varadas y una red de secretos empieza a converger alrededor de una pregunta aterradora: ¿qué ocurrió realmente el día en que desapareció su madre, Cecilia?
En «Flotar el vacío» Ochoa combina terror, ciencia ficción, humor negro y drama familiar con una prosa eléctrica, cargada de oralidad y cultura popular. Su escritura encuentra lo siniestro en lo cotidiano y acelera sin perder de vista lo esencial: detrás del horror hay una familia, algo inefable que pugna por salir a la superficie.
Así escribe:
1. La independencia
«Todo era mejor antes, hasta el sufrimiento», era una de las máximas que decía Carlos cuando ya no daba más de escuchar las quejas de Dani, su hijo. Veía tele todo el día. Todo el día se alimentaba de ese odio de rayos catódicos, de programas de mierda diseñados para crispar los nervios de cualquiera. Gritos, graff malintencionados, risas, pasar de un tema a otro sin el menor miramiento, el collage del resentimiento digerido para el espectador medio argentino. Noticieros a toda hora, todos lamentándose de que «esto no da para más», o de que «hay que sacarlos a todos» y lamentándose si luego algún perejil saquea un supermercado, o de la escalada de violencia… La televisión no era el mayor de los males de convivir con Carlos. No. Era un listado que crecía con el pasar de los años en los que se esforzaba para volverse más insoportable. Era la repulsión paterna a flor de piel. Lo que en la tierna niñez era un chiste en la adultez eran dagas que lo inmovilizaban. Dani le ponía muchas ganas. A cada agresión, una sonrisa; a cada desprecio, un suspiro. Como cuando de chico le dijo que «no servía pa’ bosta» al verlo jugar al fútbol en el colegio y le repitió la sentencia al no encontrar laburo. El «no servís pa’ bosta» quedaba bien con todo. Era un comodín de la agresión. El uso de la repetición le fue quitando potencia a la carta, la cual Carlos podía sacar en cualquier momento: en reuniones sociales o hasta en el supermercado cuando compraban carne, leche y galletitas en el híper Libertad los jueves a la tarde. Se repetía tanto que hasta Dani solía decirla como broma y también como recordatorio: cuando le salía algo mal se justificaba «es que no sirvo pa’ bosta» y con eso, el dolor del fracaso se disipaba como la espuma salada del oleaje retirándose sobre la playa.
ADRIÁN OCHOA vive en Córdoba. Es profesor, guionista, director de cine y escritor. Ha participado como guionista en películas como El manual de/ pisado (2018), Un amor hasta las patas (2019), De patitas a la calle (2020) y Cementerio General 2 (2015), film de terror ganador de catorce premios internacionales y éxito de taquilla en Perú. Su novela Las vacas del camino fue celebrada por la crítica y los lectores. En 2026 estrenó Psicotrónico Vol. 1, película antológica realizada junto a otros directores.
1. La independencia
«Todo era mejor antes, hasta el sufrimiento», era una de las máximas que decía Carlos cuando ya no daba más de escuchar las quejas de Dani, su hijo. Veía tele todo el día. Todo el día se alimentaba de ese odio de rayos catódicos, de programas de mierda diseñados para crispar los nervios de cualquiera. Gritos, graff malintencionados, risas, pasar de un tema a otro sin el menor miramiento, el collage del resentimiento digerido para el espectador medio argentino. Noticieros a toda hora, todos lamentándose de que «esto no da para más», o de que «hay que sacarlos a todos» y lamentándose si luego algún perejil saquea un supermercado, o de la escalada de violencia… La televisión no era el mayor de los males de convivir con Carlos. No. Era un listado que crecía con el pasar de los años en los que se esforzaba para volverse más insoportable. Era la repulsión paterna a flor de piel. Lo que en la tierna niñez era un chiste en la adultez eran dagas que lo inmovilizaban. Dani le ponía muchas ganas. A cada agresión, una sonrisa; a cada desprecio, un suspiro. Como cuando de chico le dijo que «no servía pa’ bosta» al verlo jugar al fútbol en el colegio y le repitió la sentencia al no encontrar laburo. El «no servís pa’ bosta» quedaba bien con todo. Era un comodín de la agresión. El uso de la repetición le fue quitando potencia a la carta, la cual Carlos podía sacar en cualquier momento: en reuniones sociales o hasta en el supermercado cuando compraban carne, leche y galletitas en el híper Libertad los jueves a la tarde. Se repetía tanto que hasta Dani solía decirla como broma y también como recordatorio: cuando le salía algo mal se justificaba «es que no sirvo pa’ bosta» y con eso, el dolor del fracaso se disipaba como la espuma salada del oleaje retirándose sobre la playa.
ADRIÁN OCHOA vive en Córdoba. Es profesor, guionista, director de cine y escritor. Ha participado como guionista en películas como El manual de/ pisado (2018), Un amor hasta las patas (2019), De patitas a la calle (2020) y Cementerio General 2 (2015), film de terror ganador de catorce premios internacionales y éxito de taquilla en Perú. Su novela Las vacas del camino fue celebrada por la crítica y los lectores. En 2026 estrenó Psicotrónico Vol. 1, película antológica realizada junto a otros directores.