Te estás yendo, parece. Te veo respirar con dificultad. Sin embargo, de tanto en tanto, oigo todavía estruendos lejanos: son tus débiles latidos, cada vez más espaciados, que saben que se apagarán pronto. Sí, lo saben y aun así insisten, obstinados, en llevarse a algún inocente más de este mundo.
Te estás yendo, es evidente. Huelo tu agonía. Este nuevo abril que ha llegado te llevará con él. Eso es, te desafío, maldita: ¡No pasarás de abril! ¡No! ¡En mayo serás un cadáver! ¿Querrá alguien darte sepultura?
Te estás yendo, claro. Deberíamos estar felices, nos dicen algunos. Tal vez sea nuestro deber intentarlo. Aunque, ¿no es ese un fardo demasiado pesado para portarlo sobre nuestras espaldas? ¿No es hoy, acaso, una cruel obscenidad imaginar, siquiera por un instante, un sentimiento semejante? ¿No hemos sido, ya, llevados más allá del límite? ¿No nos han despojado de todo, como para que, encima, se nos pida que volvamos a sonreír?